EL MOVIMIENTO CANTONAL EN ESPAÑA (1873): CUANDO LAS CIUDADES QUISIERON GOBERNARSE
Cuando en la primavera de 1873 se proclamó la Primera República, muchos sectores populares y republicanos creyeron ver por fin la oportunidad de transformar España en profundidad. Sin embargo, la República nació rodeada de enemigos: los carlistas en armas, los alfonsinos conspirando por la restauración borbónica, Cuba en plena Guerra de los Diez Años, una hacienda exhausta y un Ejército poco comprometido con el nuevo régimen. En ese contexto explosivo se gestó uno de los episodios más complejos y malinterpretados de nuestra historia contemporánea: el movimiento cantonal.
UN GOBIERNO ATRAPADO ENTRE LA URGENCIA Y LA DESCONFIANZA
La redacción del texto constitucional se aceleró para evitar nuevas insurrecciones federales, pero los acontecimientos se precipitaron igualmente. El 21 de junio de 1873, Francisco Pi i Margall formó gobierno apoyándose en republicanos moderados, con la intención de estabilizar la situación, reorganizar la deuda y acometer reformas sin provocar el pánico de los sectores conservadores. Entraron en el gabinete figuras cercanas a Castelar, como Maisonnave, Gil Berges y Carvajal, junto a otros republicanos de perfil centrista, como Suñer i Capdevila o Pérez Costales.
Pero para los federales intransigentes todo aquello resultaba insuficiente. Al mismo tiempo, la presión exterior no dejaba de crecer: los carlistas intensificaban sus acciones militares, los alfonsinos conspiraban abiertamente y recuperaban influencia en el Ejército, y el orden público se resentía en varias regiones. Pi i Margall, consciente del peligro, solicitó poderes extraordinarios para defender la democracia republicana frente a carlistas y monárquicos. Paradójicamente, el mayor desafío no vendría de la reacción, sino desde el propio campo republicano.
TENSIONES SOCIALES Y ESTALLIDOS LOCALES
A finales de junio, Cataluña vivía una situación muy tensa. El Ejército se mostraba incapaz de derrotar a los carlistas y en Barcelona estalló un enfrentamiento entre federales e internacionalistas, con el médico García Viñas al frente, por un lado, y la milicia ciudadana por otro. Pero los focos más graves de agitación surgieron en Andalucía, el País Valenciano y Murcia.
En numerosas localidades comenzaron motines sociales que reclamaban tierras y reformas inmediatas. Carmona, San Fernando y Sanlúcar fueron algunos de los primeros escenarios. El caso más significativo fue Sevilla, donde el 30 de junio se organizó un Comité de Seguridad Pública que proclamó el cantón, redujo la jornada laboral a ocho horas, rebajó los alquileres, confiscó bienes eclesiásticos y tierras sin cultivar para repartirlas entre los jornaleros. El gobernador civil, La Rosa, logró restablecer el orden, y Pi i Margall interpretó estas intervenciones rápidas como una prueba de que aún era posible contener la situación.
Sin embargo, la tensión seguía creciendo en todo el país. Mientras tanto, los carlistas amenazaban ciudades estratégicas como Irún y Bilbao chantajeando a la compañía ferroviaria del norte y ejecutando carabineros del Estado, con figuras especialmente brutales como el cura Santa Cruz o Savalls en el norte de Cataluña. A todo ello se sumaba la presión internacional: Francia aún no reconocía diplomáticamente a la República española y toleraba el apoyo carlista desde su frontera.
LA RUPTURA EN LAS CORTES Y LA “TORMENTA PURIFICADORA”
Ante este escenario, el 30 de junio se debatió en la Asamblea Constituyente la suspensión de las garantías constitucionales. Aunque se propuso limitarla a las provincias vascas, se intentó ampliarla a todo el país, con la clara intención de usarla también contra los federales intransigentes. Estos respondieron con una enmienda para proteger los derechos individuales recogidos en la Constitución de 1869, pero al ser derrotados decidieron abandonar las Cortes el 1 de julio, lanzando un manifiesto que llamaba a una “tormenta purificadora”.
La tormenta llegó pocos días después. La falta de coordinación entre los republicanos facilitó avances carlistas, y episodios como la derrota de Alpens obligaron a los obreros barceloneses a organizar juntas de salvación. A mediados de julio, media España estaba ya en efervescencia.
El detonante fue la publicación, el 10 de julio, del manifiesto del Comité de Salvación Pública de Madrid, presidido por Roque Barcia, que llamaba a crear comités similares en toda España y a iniciar un levantamiento federal sin esperar a la Constitución. El plan asignaba responsabilidades concretas a diputados y militares en Valencia, Barcelona, Sevilla, Cádiz, Salamanca, Murcia y otras ciudades, y preveía un comité de guerra para coordinar el movimiento.
EL CANTONALISMO Y LA REVOLUCIÓN SOCIAL
Mientras tanto, el Gobierno de Pi i Margall estaba desbordado por la huelga general en Alcoy, iniciada el 7 de julio y radicalizada por los internacionalistas bakuninistas liderados por Severino Albarracín. La ciudad quedó en manos de los obreros, se asaltaron fábricas, se produjeron asesinatos y fue necesaria una intervención militar masiva para recuperar el control. Estos excesos, ampliamente difundidos por la prensa, alarmaron a los republicanos moderados y aceleraron la ruptura política.
El caso decisivo fue Cartagena. Allí, el malestar de la marinería y las condicionesestratégicas de la plaza —base naval y cinturón de fuertes— llevaron a los intransigentes a convertirla en el centro de la revolución cantonal. Tras la proclamación del cantón el 12 de julio y la llegada del general Contreras el día 14, Cartagena pasó a considerarse el auténtico núcleo de la Federación Española. Pi i Margall intentó una última salida conciliadora, aceleró la presentación de la Constitución el 17 de julio, pero ya era demasiado tarde. Al día siguiente dimitió, fiel a su idea de que la federación debía construirse por convicción y no por la fuerza.
SALMERÓN Y LA RESPUESTA MILITAR
La Asamblea eligió a Nicolás Salmerón como nuevo presidente. Ese mismo 18 de julio, Roque Barcia reactivó la sublevación cantonal contra el nuevo Gobierno. En pocos días se proclamó una cadena de cantones desde Castellón hasta Cádiz: Sevilla, Cádiz, Valencia, Granada, Salamanca, Jaén, Málaga, Algeciras, Cartagena y muchas otras ciudades.
Frente a esta situación, Salmerón optó por una solución militar. Organizó tres grandes expediciones para someter a los cantones, al mando de generales como Pavía, Martínez Campos y López Domínguez, muchos de ellos poco comprometidos con la República y cercanos al alfonsinismo. Se declaró piratas a los buques cantonales de Cartagena y se permitió la intervención de escuadras extranjeras. Las Cortes autorizaron el procesamiento de los diputados sublevados y se inició una persecución contra la Internacional.
La represión fue dura. Sevilla cayó tras tres días de combates casa por casa, con cientos de bajas. Valencia resistió cinco días. Alcoy fue sometida tras una operación militar de gran envergadura. La mayoría de los cantones se disolvieron rápidamente, pero Cartagena resistió hasta enero de 1874, convirtiéndose en una auténtica epopeya cantonal.
¿QUÉ FUE REALMENTE EL MOVIMIENTO CANTONAL?
Reducir el cantonalismo a una conspiración minoritaria o a un movimiento separatista es una simplificación interesada. Los programas aprobados en los distintos cantones revelan una profunda aspiración de reforma social y económica. No se trataba de romper España, sino de transformarla desde abajo, construyendo una federación auténtica basada en municipios y cantones con amplias competencias.
El programa del Cantón de Cartagena es especialmente revelador. Desde allí se proclamó un directorio provisional de la Federación Española y se lanzaron reformas de alcance nacional: abolición de rentas feudales aún vigentes, supresión de privilegios señoriales, revisión del proceso de desamortización, redistribución de tierras sin cultivar, creación de bancos agrícolas e industriales con intereses bajos, limitación de sueldos públicos, contribución sobre el capital y eliminación de gastos secretos del Estado.
La cuestión agraria era central. Los cantonales querían acabar con las enormes desigualdades heredadas del Antiguo Régimen y crear una sociedad de pequeños propietarios y trabajadores libres. En muchos lugares se reconoció el derecho al trabajo, se estableció la jornada de ocho horas y se gravó fiscalmente a los más ricos. Más que una influencia directa de la Internacional, lo que animaba estas medidas era una ética popular profundamente igualitaria, un “humanismo de las clases populares” propio del siglo XIX.
Siguiendo a Daniel Aquillué en su libro España con Honra, una Historia del siglo XIX, español, 1793-1923, nos relata que el periódico oficial de la Federación fue el Cantón Murciano y en su número del 16 de agosto de 1873, dejó plasmado parte del ideal que les impulsaba: «La actual revolución es hecha para el progreso y el bien social, para reparar las injusticias, para que obtengamos las dichas de la paz y del trabajo, para que cese la explotación del débil por el fuerte, para que el pueblo se gobierne a sí mismo, para que el cuarto Estado entre en el comercio de la vida moral y material».
UN FINAL TRÁGICO Y UN LEGADO INCÓMODO
Los principales focos cantonalistas se concentraron en el País Valenciano, Andalucía y Murcia, aunque también hubo episodios relevantes en Castilla. En Cataluña, la amenaza carlista y acuerdos laborales previos limitaron el impacto del cantonalismo, salvo en casos como Alcoy. La derrota del movimiento dejó un rastro de represión, desilusión y división dentro del republicanismo.
Al mismo tiempo, los alfonsinos aprovecharon el caos para fortalecerse. Con el apoyo de generales clave y bajo la dirección política de Cánovas del Castillo, prepararon la restauración borbónica. La República, asediada por todos los frentes, quedó cada vez más aislada.
El movimiento cantonal fue, en definitiva, la expresión desordenada pero sincera de décadas de frustración social y política. No fue una simple revuelta localista ni un delirio separatista, sino un intento radical de llevar hasta sus últimas consecuencias el ideal republicano federal. Su fracaso marcó el destino de la Primera República y dejó una lección incómoda: sin resolver las profundas desigualdades sociales, ninguna reforma política puede sostenerse en el tiempo.
Bibliografía
Historia contemporánea de España 1808-1923, Blanca Buldain Jaca (coord.) El sexenio democrático 1868-874 Juan Sisinio Pérez Garzón. Editorial Akal
España con Honra. Una historia del siglo XIX español 1793-1923 Daniel Aquillué. La esfera de los libros
Para saber más:
El movimiento cantonal de 1873 (Primera República). Barón Fernández, José
Historia revisada y documentada de la sublevación cantonal española de 1873. Sánchez-Solís, Manuel Rolandi
El Cantonalismo (1873): Notas para un estudio comparado. Casals Bergés, Quintín
La rebelión cantonal en la Historia de España, de Julián Vadillo Muñoz
La rebelión cantonal en la I República, coordinador Julián Vadillo Muñoz
Blog Historia Sin Pretensiones
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