EL FINAL DEL APARTHEID
Abril de 1994. En un artículo publicado semanas antes de las elecciones, un periodista escribía que la situación en Sudáfrica recordaba a una hoguera encendida junto a un barril de pólvora: bastaba una chispa para que todo saltara por los aires. No exageraba. Nadie sabía, ni siquiera los propios protagonistas, si el país iba a llegar a esas elecciones en pie o sumido en una guerra civil.
Y, sin embargo, el 27 de abril de 1994, millones de sudafricanos —muchos de ellos votando por primera vez en su vida, algunos con setenta u ochenta años a cuestas— hicieron cola durante horas para depositar su voto. Nadie estalló. Nadie tomó las armas de forma masiva. Un país que llevaba casi medio siglo organizado legalmente en torno a la separación racial se convirtió, en cuestión de meses, en una democracia con sufragio universal.
¿Cómo pasó eso? Spoiler: no fue un milagro, aunque lo pareciera. Fue el resultado de un cálculo de poder muy frío, de una negociación que estuvo a punto de romperse varias veces, y de algunas dosis de suerte histórica que llegaron justo a tiempo.
Pocos sistemas políticos del siglo XX simbolizan con tanta claridad la institucionalización de la desigualdad como el apartheid sudafricano. Durante décadas, la ley convirtió la separación racial en norma cotidiana y levantó un país dividido por permisos, barrios prohibidos y derechos negados. Pero su final no fue una simple escena de celebración ni el resultado inevitable del paso del tiempo: fue un proceso tenso, violento y profundamente político, en el que la resistencia popular, la presión internacional y la negociación entre enemigos irreconciliables terminaron abriendo una salida histórica.
¿QUÉ FUE EL APARTHEID?
En 1948, el Partido Nacional llegó al poder en Sudáfrica con una promesa que sonaba casi burocrática y que en realidad era brutal: el apartheid, "separación" en afrikáans. Clasificación racial obligatoria de toda la población, matrimonios interraciales prohibidos, playas, transportes y hospitales segregados, permisos de circulación para los negros, "patrias" artificiales (los bantustanes) donde se pretendía confinar a la mayoría negra despojándola de la ciudadanía sudafricana.
El dato que mejor resume la desproporción del sistema es este: en 1992, la población blanca representaba apenas un 14% del país, y gobernaba en exclusiva sobre el 86% restante. Ese desequilibrio no podía sostenerse indefinidamente, pero durante décadas el régimen encontró la forma de hacerlo: represión policial, un ejército temido en toda la región y sucesivos intentos de reforma que, como los de John Vorster o Pieter Botha, aflojaban algo la cuerda sin soltarla nunca del todo. Botha llegó a legalizar los sindicatos negros y derogar algunas leyes de segregación, pero siempre dejó claro que no tenía intención de acabar con el poder blanco. Como resumió certeramente un analista de la época, fue "un reformista liberalizador" que nunca se atrevió a convertirse en "reformista democratizador".
La resistencia existió desde el primer día —el Congreso Nacional Africano (CNA) llevaba luchando desde 1912— pero es en el tramo final del régimen donde la historia da un giro que merece contarse con detalle.
EL PROCESO FINAL: DE LA CRISIS A LA NEGOCIACIÓN
Para los años 80, el apartheid ya no era sostenible. Las sanciones internacionales asfixiaban la economía, el país era un paria deportivo y diplomático, y dentro de Sudáfrica la revuelta era constante desde el levantamiento estudiantil de Soweto en 1976. El estado de emergencia se convirtió casi en rutina, y dentro del propio gobierno crecía la sensación de que el sistema, tal como estaba diseñado, tenía los días contados.
No lo hizo por convicción moral repentina. Lo hizo porque el cálculo de poder había cambiado de forma irreversible, y tres factores confluyeron casi al mismo tiempo:
- La violencia ya no podía contenerse. Las protestas de los townships, que venían intensificándose desde el levantamiento de Soweto en 1976, habían demostrado que ni la represión más dura lograba apagar la resistencia negra. El propio gobierno reconoció que sus estrategias represivas de los años ochenta habían fracasado.
- Las sanciones internacionales asfixiaban la economía. El aislamiento comercial y financiero, bancos que dejaban de renovar préstamos, inversión extranjera huyendo del país, empujó a Sudáfrica a una recesión profunda que hizo insostenible el statu quo.
- El fin de la Guerra Fría lo cambió todo. Con el colapso soviético, el gobierno perdió su gran coartada ("estamos conteniendo el avance comunista") y el CNA perdió su principal apoyo internacional, lo que lo hizo más proclive a sentarse a negociar en vez de seguir apostando por la lucha armada.
De Klerk entendió algo crucial: si esperaba demasiado, cuando por fin llegara la negociación ya no sería tal, sino una simple rendición. Prefirió negociar desde una posición todavía fuerte —controlando el ejército, la policía, la economía— antes que ser arrastrado por los acontecimientos.
Ahí arrancó CODESA (Convención para una Sudáfrica Democrática), el foro de negociación que reunió desde diciembre de 1991 al gobierno, al CNA y a casi veinte partidos y organizaciones más, desde el Inkatha Freedom Party zulú hasta representantes de los antiguos bantustanes. El objetivo era descomunal: pactar una Constitución nueva, un sistema electoral y una fórmula de reparto de poder que no dejara fuera a nadie con capacidad de reventar el proceso. No fue un camino lineal. CODESA I sentó las bases en 1991; CODESA II, en mayo de 1992, colapsó por el desacuerdo sobre qué mayoría parlamentaria haría falta para aprobar la nueva Constitución. El propio De Klerk y Mandela, que meses antes se habían dado la mano ante las cámaras, llegaron a acusarse públicamente de mala fe.
Mientras los negociadores discutían porcentajes y cámaras legislativas, el país se desangraba en las calles. Entre 1990 y 1994 murieron varios miles de personas en la llamada "violencia de la transición", en gran parte enfrentamientos entre el CNA e Inkatha, alimentados, como se supo después, por una "tercera fuerza" vinculada a sectores de la policía y los servicios de inteligencia interesados en sabotear el acuerdo. La masacre de Boipatong, en junio de 1992, donde milicianos de Inkatha mataron a más de 40 personas en un township, estuvo a punto de romper las negociaciones por completo.
Seria en abril de 1993 cuando llegaría el momento más peligroso de todos: el asesinato de Chris Hani, secretario general del Partido Comunista y uno de los líderes más populares del CNA, a manos de un extremista de derechas. Sudáfrica se asomó al borde de la guerra civil. Que la negociación sobreviviera a ese momento —gracias, en buena parte, a llamamientos a la calma como los de Mandela y Desmond Tutu— fue decisivo para demostrar que el proceso era más fuerte que cualquier intento de sabotaje.
Hubo más sobresaltos: un referéndum entre la población blanca en marzo de 1992, en el que un 68,7% respaldó continuar con las reformas de De Klerk (una cifra que dejó sin argumentos a la derecha ultraconservadora); la retirada de Inkatha y de sectores afrikáners de las conversaciones en protesta por lo que consideraban un "predominio CNA-Gobierno"; el colapso de los gobiernos bantustanes de Bophuthatswana y Ciskei en marzo de 1994, apenas un mes antes de las elecciones; y la aceptación, in extremis, del líder zulú Mangosuthu Buthelezi de participar en los comicios, apenas una semana antes de la fecha fijada. Hasta el último momento, nadie podía dar por seguro que todas las piezas del tablero acabarían encajando.
LO QUE SOSTUVO EL PROCESO: NEGOCIAR AUN EN MEDIO DE LA SANGRE
Con más de 8.000 muertos entre 1990 y 1993 la mayoría en enfrentamientos entre el CNA e Inkatha cualquiera habría entendido que las partes rompieran el diálogo definitivamente. No lo hicieron. Y esa es, probablemente, la clave real de todo el proceso.
Mandela lo explicó con una lógica que merece recordarse: el error que habían cometido países como Angola o Mozambique tras su independencia en 1975 fue no negociar con la oposición, sino combatirla, y eso los arrastró a guerras civiles devastadoras. Sudáfrica, decidió, no iba a repetir ese error.
Ambas partes llegaron a una conclusión incómoda pero pragmática: ninguna era lo bastante fuerte como para imponerse por completo a la otra. El gobierno controlaba la burocracia, el ejército y la policía; el CNA tenía detrás la fuerza de los números y la capacidad de movilizar las calles. Ninguno podía ganar solo, así que ambos tenían más que perder con la confrontación que con la negociación. De esa correlación de fuerzas equilibrada y no de una repentina hermandad, nació el acuerdo.
El resultado final fue, de hecho, un compromiso lleno de concesiones incómodas para ambos lados. El CNA aceptó garantías informales para la minoría blanca —el ejército, la policía y buena parte de la administración permanecerían en manos blancas durante los primeros años— a cambio de que el gobierno cediera en lo esencial: sufragio universal y una nueva constitución. Como diría el propio De Klerk al firmar la constitución interina en noviembre de 1993: "no satisface por completo a cada uno de nosotros. Sin embargo, nos satisface lo suficiente".
EL DÍA EN QUE SUDÁFRICA SE CONVIRTIÓ EN OTRO PAÍS
El 27 de abril de 1994, prolongado en algunas zonas hasta el 29, millones de
El 10 de mayo de 1994, Nelson Mandela juraba el cargo como primer presidente elegido democráticamente en la historia del país. De Klerk, antiguo garante del sistema que Mandela había combatido durante toda su vida se convertía en su vicepresidente. Meses antes, ambos habían compartido el Premio Nobel de la Paz
UN EPÍLOGO NECESARIO
El proceso no terminó en las urnas. En 1996 se creó la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, presidida por el arzobispo Desmond Tutu, con una premisa radical: ofrecer amnistía a cambio de confesión completa de los crímenes cometidos durante el apartheid, tanto por el régimen como por sus opositores. Fue un experimento único de justicia transicional, imperfecto y muy discutido, pero que marcó un intento consciente de construir el futuro sin enterrar el pasado.
El apartheid no cayó de un día para otro ni por una sola causa: fue la combinación de presión internacional, resistencia interna sostenida durante generaciones y, finalmente, la decisión de dos hombres —De Klerk y Mandela— de sentarse a negociar en lugar de dejar que el país se destruyera. Ese es quizás el detalle más incómodo e interesante de esta historia: el final del apartheid no fue una victoria limpia, sino un pacto entre antiguos enemigos.
Sería fácil cerrar aquí con una moraleja bonita, pero conviene no caer en la ingenuidad. La transición pactada evitó lo que parecía casi inevitable, una guerra civil racial de proporciones devastadora, y en eso reside su verdadero mérito histórico. Pero no resolvió, ni mucho menos, las heridas más profundas que dejó el apartheid. La desigualdad económica heredada de décadas de exclusión sistemática de la población negra del mercado laboral cualificado, de la propiedad y de la educación de calidad siguió. siendo enorme. El país que Mandela empezó a gobernar en 1994 era políticamente libre, pero seguía siendo, en muchos sentidos, económicamente el mismo.
Mirado en perspectiva, el fin del apartheid demuestra que incluso los regímenes más rígidos pueden resquebrajarse cuando confluyen la presión social, el aislamiento exterior y la voluntad política de evitar una catástrofe mayor. Sudáfrica no salió de 1994 convertida en un país sin heridas; salió, más bien, con la posibilidad de mirarlas de frente y empezar a discutirlas en común. Por eso aquella transición sigue siendo una de las grandes historias contemporáneas de negociación política: no porque resolviera todos los problemas, sino porque logró algo excepcional en un contexto explosivo, transformar una estructura legal de exclusión en el punto de partida de una democracia multirracial.
Fuentes:
La Democratización como prevención de guerras civiles: el fin del apartheid en Sudáfrica, por Augusto Hernández Campos
El liderazgo en la democratización sudafricana, por Ana Gómez Carmona. Documento Opinión, Instituto español de estudios estratégicos (septiembre 2017)
Sudáfrica entre el miedo y la esperanza por Rafel Gómez López- Egea, Nueva Revista nº34 abril 1994
Libros recomendados:
Nelson Mandela — El largo camino hacia la libertad (Long Walk to Freedom)
La autobiografía de Mandela
Allister Sparks — Tomorrow Is Another Country: The Inside Story of South Africa's Negotiated Revolution
John Carlin — El factor humano (Playing the Enemy: Nelson Mandela and the Game That Made a Nation)
Desmond Tutu — No hay futuro sin perdón (No Future Without Forgiveness)
Antjie Krog — El país de mi cráneo (Country of My Skull)




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