PUEBLOS PRERROMANOS DE LA PENÍNSULA IBÉRICA: UNA VISIÓN HISTÓRICA E INTERPRETATIVA

Pueblos prerromanos

Hablar de los pueblos prerromanos de la Península Ibérica exige, antes que nada, una advertencia metodológica. Lo que sabemos sobre ellos procede en buena medida de las fuentes grecolatinas —Polibio, Livio, Estrabón, Plinio o Tolomeo—, pero esos autores no describieron una realidad desinteresada. Sus noticias responden al interés militar, geográfico o administrativo de cada momento. Por ello, el estudio del mundo prerromano no puede basarse solo en los textos antiguos: necesita combinarse con la arqueología, la epigrafía, la numismática y el análisis del poblamiento.

Por tanto no podemos partir de la base de que hubiera un territorio homogéneo y perfectamente delimitado para cada pueblo, sino más bien, hablamos de un territorio multicultural con variedad tanto lingüística como política, con distintos grados de urbanización y una considerable complejidad social.

«…la cultura Ibérica no es más que la suma de procesos regionales de poblaciones que desarrollan a lo largo de la Edad de Hierro formas complejas de organización territorial y social. En variantes locales, pero con expresiones culturales compartidas, tanto ideológicas como lingüísticas o tecnológicas, de marcada impronta mediterránea. La evolución de dichas poblaciones depende de tres factores claves: el entorno medioambiental, el sustrato prehistórico y las influencias ejercidas por los aportes coloniales, lo que configura en cada caso una etnogénesis o formación diferenciada».

Palabras del profesor de Historia Antigua, Eduardo Sánchez-Moreno, que nos introducen magistralmente en este resumen de los pueblos prerromanos. Para realizarlo partiremos de la base de las fuentes grecolatinas, especialmente Estrabón, Plinio y Tolomeo. Hay que tener en cuenta que no son todos los que hubo, simplemente de los que tenemos noticias.

LA IBERIA MEDITERRÁNEA:

URBANIZACIÓN, COMERCIO Y

CONTACTO COLONIAL

La fachada mediterránea y el sur peninsular constituyen el ámbito donde más claramente se percibe la influencia de los contactos coloniales fenicios y griegos. En estas regiones se desarrollaron formas de poblamiento más urbanizadas, una economía más intensamente articulada con los intercambios marítimos y unas élites locales capaces de apropiarse de objetos, símbolos y prácticas procedentes del Mediterráneo oriental.

En el suroeste, el mundo turdetano representa en muchos aspectos la continuidad y transformación de la antigua tradición tartésica. Más que por el nombre concreto del pueblo, lo importante históricamente es que se trata de una zona muy tempranamente integrada en circuitos atlánticos y mediterráneos, con una base agrícola fértil, acceso a recursos mineros y una notable densidad de asentamientos. La imagen que transmiten las fuentes de una sociedad culta y relativamente urbanizada no debe interpretarse como una descripción idealizada sin más, sino como el reflejo de un territorio que ya había conocido procesos complejos de jerarquización social y articulación política antes de la llegada de Roma.

Esa misma lógica de apertura exterior puede observarse, con matices, en buena parte de Andalucía oriental y del sudeste. Allí los contactos con fenicios, griegos y, más tarde, cartagineses, estimularon procesos de cambio profundo: consolidación de aristocracias locales, desarrollo de ciudades fortificadas, expansión de la escritura y formación de culturas materiales muy características. En este contexto, las regiones ibéricas del sur y del Levante no deben verse solo como espacios ocupados por pueblos distintos, sino como territorios inmersos en una intensa dinámica de interacción. La escultura funeraria, los santuarios, la cerámica pintada, el armamento de prestigio o los ajuares aristocráticos no son únicamente rasgos artísticos, sino indicios de sociedades cada vez más estratificadas.

En el área contestana y edetana, por ejemplo, la importancia histórica no radica únicamente en la lista de yacimientos o en la belleza de piezas como la Dama de Elche, sino en lo que todo ello revela: la existencia de élites capaces de controlar recursos, organizar redes de dependencia y proyectar su poder mediante imágenes, rituales y objetos de prestigio. La presencia de materiales griegos y la existencia de escritura greco-ibérica indican, además, que el mundo indígena no fue un receptor pasivo de influencias externas, sino un agente activo en la reelaboración de esas aportaciones.

UN TERRITORIO EN TRANSICIÓN: EL

VALLE DEL EBRO Y EL NORDESTE

El valle del Ebro y el nordeste peninsular constituyen una de las zonas más complejas de interpretar. Lejos de funcionar como una frontera nítida entre íberos y celtíberos, el Ebro fue un espacio de transición y contacto. Allí convivieron formas de poblamiento urbano, redes comerciales, tradiciones materiales diversas y adscripciones étnicas que las fuentes presentan de manera a veces contradictoria. Precisamente por ello, esta región resulta especialmente útil para comprender que las etiquetas étnicas antiguas no siempre coinciden con realidades políticas compactas ni con fronteras precisas.

En Cataluña, la llamada iberización fue sobre todo un fenómeno ligado a la costa y al prelitoral, impulsado en gran medida por la presencia griega en Emporion y Rhode y por la conexión marítima con el resto del Mediterráneo. Pero eso no significa que existiera una uniformidad cultural completa. Más bien al contrario: el nordeste fue un espacio de gran fragmentación regional, donde se combinaban áreas muy abiertas al comercio con otras de carácter más interior y economías más ganaderas o mixtas. La dificultad para fijar con exactitud los límites entre pueblos como layetanos, ausetanos, indiketas o ilergetes no es solo un problema de documentación; también refleja una realidad histórica en la que las identidades podían superponerse y transformarse.

Por ello, el valor histórico del nordeste no reside tanto en enumerar pueblos como en entenderlo como una zona de articulación entre el Mediterráneo, el valle del Ebro y los Pirineos. Fue un espacio donde confluyeron influencias coloniales, iniciativas indígenas y, posteriormente, una temprana presencia romana que alteró rápidamente el equilibrio previo.

LA IBERIA INTERIOR: DIVERSIDAD

CULTURAL Y PROTAGONISMO

GUERRERO

Si en la costa mediterránea predominan la urbanización y la apertura comercial, el interior peninsular ofrece una imagen distinta, aunque no por ello menos compleja. El conocimiento que los autores clásicos tuvieron de estas regiones fue más tardío y estuvo muy condicionado por el avance militar de cartagineses y romanos. De hecho, muchos de los pueblos del interior entran en la historia escrita precisamente cuando se convierten en aliados, enemigos o mercenarios en el contexto de la expansión mediterránea.

La Celtiberia es, quizá, el caso más conocido. Sin embargo, también aquí conviene evitar simplificaciones. El término “celtibérico” no debe entenderse como una identidad étnica perfectamente unitaria, sino como una categoría histórica y cultural aplicada a un conjunto de comunidades del Sistema Ibérico y la Meseta oriental que compartían algunos rasgos materiales, lingüísticos y políticos. Lo más relevante de este ámbito no es solo su resistencia a Roma, inmortalizada en episodios como Numancia, sino el tipo de sociedad que esa resistencia pone de manifiesto: comunidades organizadas en torno a núcleos fortificados, con aristocracias guerreras, fuertes tradiciones de autonomía local y capacidad de establecer alianzas más amplias.

La guerra desempeñó en estas sociedades un papel central, no únicamente como enfrentamiento militar, sino como mecanismo de prestigio, redistribución y cohesión social. Esto ayuda a explicar tanto la fama de celtíberos y lusitanos en las fuentes como la insistencia romana en presentarlos como pueblos particularmente belicosos. En parte, esa imagen responde a una realidad de conflicto continuado; pero también es el resultado de un discurso romano que necesitaba justificar la dureza de la conquista.

Más al oeste, en la Meseta central y occidental, la variedad sigue siendo notable. Vacceos, vetones y carpetanos no forman un bloque uniforme, aunque compartan algunos rasgos del mundo interior. En estas regiones se combinaban agricultura cerealista, ganadería y control de amplios espacios de meseta y serranía. Las formas de poblamiento muestran distintos grados de concentración, y las relaciones entre comunidades pudieron articularse a través de alianzas, dependencias locales y redes de intercambio. También aquí la lista de pueblos importa menos que la constatación de que el interior peninsular estaba lejos de ser una periferia atrasada: se trataba de espacios políticamente activos, económicamente funcionales y plenamente insertos en las dinámicas de guerra y negociación con Roma.

OCCIDENTE Y FRANJA ATLÁNTICA:

ENTRE LA PLURALIDAD TRIBAL Y LA

REINTERPRETACION ROMANA

La Lusitania y el occidente peninsular plantean de nuevo el problema de la relación entre etnónimo y realidad histórica. El nombre “lusitanos” acabó designando en las fuentes y en la administración romana un conjunto amplio de comunidades, no siempre homogéneas. Es probable que, más que una sola identidad unificada desde el principio existiera una constelación de grupos diversos que Roma fue agrupando progresivamente bajo una misma denominación.

La fama de los lusitanos se debe sobre todo a la resistencia armada del siglo II a. e. c. y a la figura de Viriato. Pero, como sucede con los celtíberos, conviene leer esa notoriedad críticamente. Las fuentes romanas destacan el componente guerrero porque ese era el aspecto que más directamente afectaba al proceso de conquista. Sin embargo, detrás de esa imagen había sociedades con economías adaptadas a territorios variados, formas propias de liderazgo y redes de poblamiento que no pueden reducirse a la mera idea de tribalismo inestable.

Además, el occidente peninsular muestra con especial claridad hasta qué punto la geografía condicionó las trayectorias históricas. Las penillanuras, los sistemas montañosos, las dehesas y los grandes ríos favorecieron estrategias económicas y modelos de asentamiento distintos de los mediterráneos. Esto no significa aislamiento, sino una articulación diferente del territorio y del poder.

El noroeste y la cornisa cantábrica: castros, montaña y discurso de la conquista

EL NOROESTE Y LA CORNISA CÁNTABRA:

CASTROS, MONTAÑA Y DISCURSO DE

COQNUISTA 

El noroeste y la cornisa cantábrica constituyen otro gran ámbito cultural, definido en buena medida por el predominio del castro como forma de poblamiento. El castro no fue solo un tipo de asentamiento defensivo: fue también la célula básica de organización social y económica en amplias zonas del noroeste. Su proliferación indica una estructura territorial muy fragmentada, basada en comunidades de escala relativamente reducida, aunque conectadas entre sí.

En este contexto, términos como Gallaecia, Asturias o Cantabria deben manejarse con cautela. En parte remiten a realidades indígenas previas, pero en buena medida fueron también formulaciones reforzadas o reordenadas por Roma en el momento de la conquista y la administración. La historiografía actual insiste cada vez más en que muchas de estas grandes etiquetas territoriales no reflejan necesariamente unidades políticas compactas anteriores a Roma, sino una combinación de identidades locales y reinterpretaciones imperiales.

El caso de cántabros y astures es especialmente revelador. Las fuentes clásicas los retratan como pueblos montañeses, violentos y difíciles de someter. Pero esa imagen responde también a una construcción ideológica: al presentar a estos grupos como paradigma de barbarie, la propaganda augustea podía magnificar el valor civilizador de Roma y la dimensión heroica de la conquista del norte. Por ello, el estudio histórico de estas comunidades debe separar, en la medida de lo posible, la realidad arqueológica del discurso político romano.

LENGUAS, CULTURAS Y ROMANIZACIÓN

Otro elemento esencial para comprender la pluralidad prerromana es la diversidad lingüística. La Península Ibérica albergaba lenguas y sistemas de escritura distintos, desde el ibérico y el celtibérico hasta hablas indoeuropeas del occidente y realidades singulares en el área pirenaica y vascona. Esta variedad confirma que la diversidad peninsular no era solo política o territorial, sino también cultural en sentido profundo.

La conquista romana no borró de inmediato esa pluralidad. La romanización fue un proceso desigual, largo y con ritmos muy distintos según las regiones. Algunas áreas del sur y del Levante, ya más urbanizadas y abiertas al Mediterráneo, se integraron antes en las estructuras romanas; otras, especialmente las del interior y del norte, ofrecieron resistencias más prolongadas o conservaron durante más tiempo formas propias de organización. Por tanto, la llegada de Roma no debe entenderse como una ruptura instantánea, sino como un proceso de transformación progresiva en el que muchas comunidades indígenas adaptaron, negociaron o reformularon sus tradiciones previas.

CONCLUSIÓN

En conjunto, la Península Ibérica prerromana fue un espacio de extraordinaria diversidad. Más que una suma de pueblos aislados, fue un entramado de comunidades conectadas por intercambios, conflictos, influencias coloniales y procesos históricos de larga duración. La diferencia principal entre unas regiones y otras no reside solo en sus nombres étnicos, sino en sus formas de poblamiento, en la densidad de sus contactos exteriores, en sus sistemas de poder y en la manera en que respondieron a la expansión cartaginesa y romana.

Por ello, el estudio de los pueblos prerromanos no debe limitarse a la enumeración de etnias y territorios. Lo verdaderamente importante es comprender que bajo esas denominaciones se esconden procesos históricos complejos: formación de aristocracias, desarrollo urbano, diversidad lingüística, adaptación al medio, construcción de identidades colectivas y, finalmente, integración desigual en el mundo romano. Esa perspectiva permite sustituir una visión estática y casi cartográfica por otra más histórica, dinámica e interpretativa, mucho más adecuada para entender la complejidad de la Hispania anterior a Roma.

Pueblos prerromanos y pueblos colonizadores

La misteriosa Tarteso

Fuentes:

Protohistoria y Antigüedad de la Península Ibérica vol II La iberia prerromana y la Romanidad. Eduardo Sánchez-Moreno y Joaquín l. Gómez-Pantoja. Editorial Silex

La Historia en su lugar:

Los Celtíberos y los Vacceos vol 2 Francisco Murillo Mozota
Los Edetanos vol 2 Carmen Aranegui Gascó
Bastetanos y turdetanos vol 4 Arturo Ruiz Rodríguez
Vascones y pueblos galaicos vol 5 Juan Santos Yanguas
Ilergetes vol 6 Carmen Aranegui Gascó
Oretanos vol 8 Arturo Ruiz Rodríguez
Las comunidades astures vol 10 Juan Santos Yanguas

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