MÁS ALLÁ DE LAS MENINAS: EL VELÁZQUEZ DESCONOCIDO
La vida privada de Velázquez sigue rodeada de numerosas incógnitas. Su personalidad, reservada y difícil de penetrar, apenas dejó huellas fuera de sus cuadros.
Quienes se interesan por la pintura conocen mucho —o casi todo— de su obra, y cuentan además con la fortuna de poder contemplar en el Museo del Prado la mayoría de sus grandes creaciones. Solo faltan algunas piezas esenciales, dispersas en otras colecciones: el retrato de Felipe IV en Fraga, conservado en Nueva York; el retrato de Inocencio X, en la Galería Doria Pamphili de Roma; y la Venus del espejo, en la National Gallery de Londres. También hay que admitir que varias obras fundamentales de su etapa sevillana se encuentran fuera de España, como Vieja friendo huevos, en Edimburgo, o El aguador de Sevilla, en Londres.
EL HOMBRE DETRÁS DEL ARTISTA
Ahora bien, ¿conocemos al hombre que hubo detrás del artista? Hace medio siglo, José Camón Aznar sostenía que la vida de Velázquez apenas podía ser objeto de una biografía, porque aparentemente no le había ocurrido nada digno de relato. Jonathan Brown, uno de los grandes especialistas en el pintor, también reconocía la dificultad de reconstruir su vida: no se conserva correspondencia suya, ni nada comparable a las cuarenta y siete cartas de Goya a su amigo Zapater; tampoco dejó diarios ni memorias que permitan asomarse directamente a su intimidad.
Velázquez se nos presenta como un personaje reservado, casi inaccesible, cuya huella más firme se encuentra en sus pinturas y en documentos administrativos. Sin embargo, investigaciones recientes, especialmente las basadas en protocolos sevillanos, inventarios, documentos de archivo y estudios del Museo del Prado, permiten reconstruir con mayor precisión algunos rasgos de su vida familiar, social, económica e intelectual.
DE SEVILLA A LA CORTE: LOS PRIMEROS PASOS DE UN GENIO
Tradicionalmente se había defendido que Velázquez procedía de una familia hidalga, lo que parecía explicar cierta distancia respecto al oficio manual de la pintura. No obstante, las investigaciones citadas matizan esa idea: por parte materna, sus abuelos no eran hidalgos, sino calceteros, y aunque su padre pudo tener una posición algo más elevada como notario eclesiástico, la familia pertenecía más bien a un estrato modesto pero ilustrado. De ahí que se considere poco probable que Velázquez recibiera una formación académica prolongada en una escuela de gramática. Su verdadera educación intelectual habría tenido lugar en la casa y taller de Francisco Pacheco, donde vivió como aprendiz entre 1610 y 1617. La casa de Pacheco fue decisiva no solo para su aprendizaje técnico, sino también para su formación cultural. Allí entró en contacto con artistas, poetas, teólogos, matemáticos, cosmógrafos, médicos y otros hombres cultos de Sevilla, en una especie de academia informal que amplió su horizonte intelectual y contribuyó a formar su curiosidad por el arte, la ciencia y el conocimiento.
JUANA, PACHECO Y LAS REDES FAMILIARES
La relación con Pacheco fue también fundamental en el plano personal. Velázquez se casó muy joven con Juana de Miranda, hija de su maestro, antes de cumplir los diecinueve años; ella tampoco había llegado a los dieciséis. El matrimonio tuvo pronto dos hijas, de modo que el pintor asumió responsabilidades familiares a una edad temprana. Su entorno familiar facilitó esa transición: los suegros les proporcionaron casa, ajuar y apoyo económico, y Pacheco favoreció tanto la unión matrimonial como la carrera profesional de su yerno. Gracias a su influencia, Velázquez recibió encargos en Sevilla y más tarde fue impulsado hacia la corte. Aunque su primer intento de acceder al cargo de pintor del rey fracasó, finalmente lo consiguió en 1623 con apoyo del conde-duque de Olivares. La buena relación entre Velázquez y Pacheco se mantuvo durante años, hasta el punto de que este dejó testimonio de algunos episodios de la carrera de su yerno y Velázquez llegó a intentar que su suegro obtuviera también un nombramiento cortesano.
VELÁZQUEZ EN MADRID: PINTOR, CORTESANO Y FUNCIONARIO
La etapa madrileña, iniciada en 1623, resulta más difícil de reconstruir en detalle. No debe proyectarse sobre toda la vida de Velázquez la información contenida en el inventario realizado tras su muerte, porque sus circunstancias cambiaron mucho a lo largo de casi cuatro décadas. La familia no vivió siempre en el mismo lugar ni mantuvo idéntica composición doméstica. Hubo cambios de domicilio, convivencias con hijos, nietos, criadas y familiares, así como la llegada a Madrid de María del Páramo, viuda de Pacheco. Además, los cargos palatinos de Velázquez —ayuda de cámara, superintendente de obras particulares y, desde 1652, aposentador de palacio— lo obligaron a desplazarse con frecuencia entre Madrid, El Escorial y otros espacios vinculados a la corte. Su vida, por tanto, no fue la de un pintor aislado en su taller, sino la de un artista-funcionario plenamente integrado en la maquinaria cortesana, con responsabilidades administrativas, artísticas y ceremoniales.
LA INTIMIDAD REVELADA POR LOS INVENTARIOS
El inventario de bienes de Velázquez y Juana permite imaginar una vivienda confortable, aunque no necesariamente lujosa en exceso. En ella había muebles, armarios, cofres, tapices, alfombras, objetos de plata, joyas, ropa, libros, pinturas e incluso un coche. Estos bienes muestran que el pintor alcanzó una situación de holgura económica, especialmente en sus últimos años, y que cuidaba su apariencia personal. Es destacable la abundancia de prendas masculinas —capas, calzas, guantes, sombreros y otras piezas— que permiten relacionar al pintor con la imagen elegante que se le presupone. Juana, aunque con un vestuario más sobrio, también disponía de prendas y adornos propios de una posición social acomodada. La presencia de joyas, platería y obras de arte confirma el nivel alcanzado por la familia. Entre esas obras figuraban copias o versiones de retratos importantes, obras religiosas y piezas vinculadas al ambiente artístico de la corte. Sin embargo, el mismo inventario plantea problemas difíciles: llama la atención, por ejemplo, la ausencia clara de una cama matrimonial en determinadas habitaciones, un dato que el artículo presenta como una incógnita abierta.
LA BIBLIOTECA DE VELÁZQUEZ: ARTE, CIENCIA Y CURIOSIDAD
La biblioteca de Velázquez constituye otro de los aspectos más relevantes de su vida. Constaba de 156 títulos resultan atípicos para la época: abundan los libros italianos y escasean los grandes autores de la literatura española del Siglo de Oro. No aparece Cervantes, la novela picaresca, Góngora ni la comedia, y la literatura religiosa está casi ausente. Este hecho ha llevado a algunos intérpretes, como Ortega y Gasset, a sugerir una posible falta de religiosidad en Velázquez, aunque el artículo evita conclusiones tajantes. El pintor no parece haber sido un místico ni un hombre dominado por la espiritualidad barroca de la vanitas, pero tampoco puede afirmarse sin más que fuera irreligioso. Algunos cuadros religiosos, copias italianas y obras presentes en su casa indican una relación compleja con lo sagrado, quizá mediada por encargos profesionales, intereses estéticos o la devoción de su esposa. En cualquier caso, la biblioteca revela sobre todo dos grandes pasiones: el arte y la ciencia. Velázquez poseía libros de astronomía, cosmografía, geografía, náutica, anatomía, aritmética, geometría, álgebra, arquitectura, pintura, escultura, perspectiva e iconología. Su curiosidad intelectual era amplia y técnica, más orientada al conocimiento visual, espacial y científico que al cultivo literario convencional.
EL VELÁZQUEZ COTIDIANO: JUEGOS, COMIDAS Y VIDA SOCIAL
Podemos humanizar al pintor a partir de pequeños indicios de su vida cotidiana. Algunos objetos del inventario permiten asomarse, aunque sea de forma indirecta, a sus hábitos personales: unas petacas de plata podrían sugerir que fumaba, mientras que un tablero con piezas de ébano y marfil invita a imaginar momentos de juego compartidos con Juana. Como funcionario de palacio, Velázquez tenía derecho a una ración diaria, y la escasez de ciertos utensilios domésticos en su casa hace pensar que, en sus últimos años, el matrimonio quizá comía con frecuencia en el ámbito palatino más que en su propio hogar. Además, Velázquez no vivía encerrado en el Alcázar. Asistía a subastas de bienes de difuntos, adquiría objetos de interés y participaba en espectáculos cortesanos, como las corridas reales celebradas en la Plaza Mayor, donde incluso se conserva constancia de los lugares que ocupaba. Todo ello muestra a un hombre integrado en redes sociales y culturales amplias, atento tanto a las oportunidades económicas como a los rituales públicos de la corte.
DIFICULTADES ECONÓMICAS Y SOLIDARIDAD FAMILIAR
Aunque en sus últimos años gozó de comodidad, durante mucho tiempo Velázquez tuvo dificultades económicas debido a los retrasos en el pago de sus salarios reales. Esta situación ayuda a entender la relativa modestia de la dote de su hija Francisca y la venta a la Corona de varios cuadros, entre ellos obras propias y otras adquiridas en Italia. También revela un rasgo importante de su carácter: el sentido de solidaridad familiar. Velázquez ayudó a su padre mediante oficios concedidos por el rey, apoyó a sus hermanos Juan y Silvestre, se ocupó de funerales y mantuvo vínculos estrechos con su yerno Martínez del Mazo, con su cuñado Carlos de Santa María y con sus nietos. Diego y Juana dotaron generosamente a su nieta Inés cuando se casó con un caballero napolitano y la acogieron de nuevo cuando enviudó. Estas acciones presentan a Velázquez no solo como artista de corte, sino como cabeza de una red familiar que asumía obligaciones materiales y afectivas.
UN CARÁCTER RESERVADO, PERO NO SOLITARIO
En cuanto a su trato personal, algunos autores han hablado de un Velázquez antipático o difícil, y es cierto que tuvo conflictos con nobles, funcionarios y compañeros de palacio cuando defendía sus prerrogativas o cumplía sus tareas como aposentador. Se enfrentó al marqués de Malpica por obras del Alcázar, al marqués de Eliche por cuestiones de protocolo en una corrida real y a otros servidores por asuntos de pagos y competencias. Sin embargo, esa faceta conflictiva convive con otra más cordial. Velázquez mantuvo amistades duraderas con artistas como Zurbarán, Alonso Cano, Murillo, Carreño de Miranda, Giuseppe Martínez, Burgos Mantilla o Angelo Nardi. Ayudó a varios de ellos a introducirse o moverse en el ambiente cortesano, y cuando Murillo llegó a Madrid lo alojó en su casa, le mostró las colecciones reales y le permitió copiar obras. También fue padrino, junto con Juana, de hijos de empleados del servicio palatino, incluso de personas con las que había tenido desacuerdos. El resultado es el retrato de un hombre consciente de su rango y exigente en el trato institucional, pero capaz de lealtad, amistad y generosidad.
JUANA, ITALIA Y LOS ENIGMAS DEL CORAZÓN
El aspecto sentimental y conyugal queda, finalmente, como una de las zonas más inciertas. Resulta imposible saber si Velázquez amó a Juana o cómo fue realmente su matrimonio. No se conserva un retrato seguro de ella, aunque se han propuesto diversas identificaciones. Al mismo tiempo, algunas pinturas femeninas —como la Venus del espejo, la dama del abanico o ciertos retratos de jóvenes— muestran la atención del pintor hacia la belleza femenina. La relación que mantuvo en Italia con una mujer de la que nació su hijo ilegítimo Antonio añade complejidad a la imagen del matrimonio, aunque ocurrió muy tarde, después de casi cuarenta años de convivencia con Juana. Posiblemente Velázquez fuese una figura menos silenciosa de lo que parecía, pero todavía enigmática: un hombre de origen no aristocrático, formado en un ambiente culto, ambicioso en su carrera, integrado en la corte, atento a la ciencia y al arte, solidario con su familia, elegante, reservado, a veces conflictivo y profundamente difícil de reducir a una sola interpretación. La vida privada de Velázquez, más que resolver todas las incógnitas, permite comprender mejor la complejidad humana que se escondía detrás del maestro de la pintura española.
UN VELÁZQUEZ MÁS CERCANO
Quizá nunca sepamos del todo quién fue Diego Velázquez en la intimidad. Pero precisamente ahí reside parte de su fascinación. Cuanto más se investiga su vida, más se aleja la imagen rígida del genio silencioso y más aparece un hombre real: ambicioso, curioso, familiar, cortesano, vulnerable y contradictorio. Detrás del pintor que retrató reyes, bufones, dioses y meninas hubo también alguien que negoció salarios, cuidó de los suyos, frecuentó palacios, guardó secretos y dejó en sus cuadros mucho más de sí mismo de lo que parecía. Mirar a Velázquez desde esta perspectiva no empequeñece su grandeza; al contrario, la hace más humana, más compleja y, quizá por eso, todavía más admirable.
Bibliografía:
Bartolomé Benassar La Aventura de la Historia, número 150. Velazquez, su vida privada.
PELEGRÍ Y GIRÓN, Mercedes, “Velázquez y su mundo”, en Ab Initio, Núm. 2 (2011), pp. 111-134
BENIGNO PENDÁS (Real Academia de Ciencias Morales y Políticas) Diego Velázquez. Arte y política en la España del siglo XVII

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