NADIE ENTENDIÓ A TIEMPO LOS GRANDES CAMBIOS DE LA HISTORIA. ¿NOS ESTÁ PASANDO OTRA VEZ?

 

Grandes cambios en la Historia

Hay una tentación recurrente cada vez que el mundo parece entrar en una fase de turbulencia y desconcierto: buscar una analogía inmediata con el pasado.

¿Qué pensaban los políticos, diplomáticos y analistas en los primeros años treinta del siglo pasado? ¿Fueron conscientes, al inicio de la Guerra Fría, de que estaban entrando en un orden completamente nuevo? ¿Y qué decir de quienes vivieron la caída del muro de Berlín y trataron de anticipar sus consecuencias? Tal vez entonces ocurrió algo parecido a lo que sucede ahora: que muchos no fueron capaces de descifrar a tiempo la naturaleza del cambio que tenían delante.

Comparar el presente con el pasado no es un error. El problema aparece cuando las analogías sustituyen al análisis. La historia es más compleja de lo que algunos quieren hacer ver.

La historia rara vez se repite de forma exacta. Lo que sí vuelve, una y otra vez, son ciertos momentos de desconcierto: etapas en las que las categorías con las que dirigentes, diplomáticos y analistas interpretaban el mundo dejan de servir. No cambian solo los acontecimientos; cambian también las reglas con las que esos acontecimientos podían ser comprendidos.

No es nuevo, eso ocurrió con la Revolución Francesa y Napoleón. Ocurrió en los años treinta. Ocurrió tras 1945, con el nacimiento del orden bipolar. Volvió a ocurrir con la caída del bloque soviético, con el 11-S, con la crisis financiera de 2008 y con el ascenso de China, por poner solo algunos ejemplos de Historia Contemporánea y Actual.

Quizá la pregunta interesante sobre nuestro presente no sea si vivimos “otro momento histórico”, sino si estamos atravesando una de esas etapas en las que el lenguaje heredado ya no alcanza para describir la realidad.

Napoleón: cuando Europa descubrió que ya no estaba jugando al mismo juego

A finales del siglo XVIII las grandes monarquías europeas creían entender perfectamente cómo funcionaba el continente.

Las guerras eran frecuentes, pero seguían reglas relativamente previsibles: disputas dinásticas, equilibrios entre potencias, negociaciones entre élites y conflictos limitados.

La Revolución Francesa fue interpretada inicialmente como una crisis interna más. Muchos gobernantes europeos pensaban que Francia terminaría regresando al orden tradicional. No fue así.

La revolución introdujo algo mucho más difícil de gestionar: una nueva fuente de legitimidad política. Por primera vez un gran Estado europeo afirmaba actuar en nombre de la nación y no de una dinastía.

Napoleón convirtió esa energía política en una forma completamente distinta de ejercer el poder: administración centralizada, movilización masiva, nuevas estructuras fiscales, ascenso por mérito y guerra a gran escala.

Los diplomáticos europeos tardaron años en comprender que no estaban ante una Francia más agresiva, sino ante un tipo distinto de Estado. 

“Quien no vivió los años cercanos a 1789 no sabe lo que es el placer de vivir”, recordaría después Talleyrand. Quizá porque pocas generaciones experimentaron con tanta intensidad la sensación de que el mundo conocido desaparecía más deprisa de lo que sus dirigentes podían comprender.

Si Talleyrand es el gran superviviente de la ruptura, Klemens von Metternich es casi el gran teórico de cómo contenerla. Metternich no pensaba que pudiera volver el siglo XVIII. Lo que quería era impedir que la transformación política destruyera el equilibrio europeo. El error fue interpretar una transformación estructural como una anomalía pasajera. Ese patrón reaparece con frecuencia.

Reyes, políticos y diplomáticos suelen pensar que las reglas antiguas siguen vigentes incluso cuando el terreno ya ha cambiado.

Los años treinta: cuando la crisis dejó de ser económica y se volvió política

Pocas décadas históricas generan tantas comparaciones como los años treinta. Y precisamente por eso conviene manejarlas con cuidado.

Después de la Primera Guerra Mundial existía la expectativa de que el mundo avanzaría hacia más cooperación internacional, más comercio y más estabilidad institucional. La guerra había sido tan devastadora que muchos creían imposible repetir una experiencia semejante. ¿Se aprendería del desastre?

Creemos que todo el mundo veía venir el desastre y simplemente no hizo nada. No fue así. Entre aproximadamente 1929 y 1935, muchos políticos, diplomáticos y analistas europeos sí percibían que estaba ocurriendo algo grave, pero no coincidían ni en el diagnóstico ni en la jerarquía de las amenazas. Lo decisivo no fue la ceguera absoluta; fue que interpretaron fenómenos nuevos usando categorías heredadas del siglo XIX o de la inmediata posguerra. De hecho, una de las lecciones más incómodas de los años treinta es que había mucha gente inteligente observando el problema… y aun así se equivocaron.

Millones de personas dejaron de confiar en instituciones, especialmente en Alemania, Italia y España, que parecían incapaces de garantizar estabilidad, empleo o representación política. En ese contexto crecieron movimientos que prometían recuperar soberanía, orden, identidad nacional o transformación revolucionaria.

Una vez más, muchos observadores contemporáneos subestimaron esos procesos. Pensaban que el extremismo era una reacción temporal. Interpretaron fenómenos nuevos usando categorías antiguas. La idea era “sí, estos movimientos son desagradables, pero quizá sirvan para restaurar orden y luego se moderarán”. Creyeron que los incentivos económicos bastarían para moderar la política. No fue así.

Sin embargo, aquí aparece una advertencia importante. Comparar cualquier crisis contemporánea con los años treinta puede generar más confusión que claridad.

Aquella década combinó factores extraordinarios: memoria reciente de guerra total, colapso económico extremo, crisis institucional profunda y aparición de proyectos totalitarios con ambiciones expansivas. Las semejanzas parciales existen. La equivalencia histórica no.

El miedo principal para muchos no era el fascismo sino el colapso del orden. Que se lo digan a Chamberlain.

La Guerra Fría: el momento en que el caos terminó produciendo un nuevo orden

Mirado desde hoy, el mundo de la Guerra Fría parece estable. Dos bloques. Dos superpotencias. Una lógica relativamente clara. Pero la forman en la que se llegó hasta ese momento no era común. Nunca se había vivido. ¿Cómo resultaría la experiencia?

Entre 1945 y aproximadamente 1948–49, políticos, diplomáticos y prensa especializada no sabían que estaban entrando en “la Guerra Fría”. Lógico por otra parte. De hecho, durante un tiempo muchos pensaron que estaban viviendo una transición incómoda pero temporal entre aliados victoriosos. Esperaban que la alianza entre Estados Unidos y la Unión Soviética continuara. La idea de una división permanente del planeta no era inevitable. El nuevo orden apareció poco a poco.

Crisis diplomáticas, reorganización militar, armas nucleares, reconstrucción económica y competición ideológica terminaron creando un sistema sorprendentemente estructurado. El gran cambio no fue solamente geopolítico. También cambió la manera de pensar.

Conceptos como “disuasión”, “contención”, “bloques” o “equilibrio nuclear” reorganizaron el lenguaje político. Una vez consolidado ese marco parecía natural. Pero antes de existir era difícil imaginarlo.

Esto también ofrece una lección para el presente. A veces el problema no es que el orden internacional desaparezca. Es que todavía no sabemos cuál será el siguiente.

George F. Kennan, probablemente el observador más influyente del periodo, opinaba: «El problema no era una guerra inmediata, sino una competición larga»; Walter Lippmann, uno de los comentaristas más relevantes del momento: «Cuidado con convertir una estrategia en una ideología»; El filósofo, sociólogo y politólogo francés Raymond Aron fue uno de los europeos que entendió más pronto que estaba apareciendo algo nuevo: «Ni guerra ni paz»; George Orwell pensaba en «La paz armada permanente», a mediados de los cuarenta imaginó algo que le parecía inquietante: un mundo dividido en grandes bloques capaces de mantener conflictos permanentes sin guerra abierta. No predijo exactamente la Guerra Fría, pero sí percibió que la tecnología y la concentración estatal podían producir un nuevo tipo de estabilidad tensa.

Lo interesante: ninguno veía exactamente el mundo que llegó. Todos eran brillantes. Todos se equivocaron en algo. Los expertos rara vez fracasan por no pensar; fracasan porque los cambios históricos importantes mezclan elementos nuevos con otros antiguos y hacen muy difícil distinguir una transición temporal de un cambio de época.

Otros momentos en que el mundo cambió demasiado rápido

La historia está llena de episodios donde el problema principal no fue la falta de información sino el exceso de confianza.

En 1914, muchos dirigentes europeos creían que la interdependencia económica impediría una guerra general. Recordemos cómo se llegó a aquella guerra.

En 1917, pocos anticiparon que una revolución periférica alteraría el equilibrio mundial durante décadas. Mas tarde, durante la descolonización, numerosos imperios asumieron que su dominio era estructuralmente estable.

En 1989, la mayoría de los expertos no esperaba el colapso tan rápido del bloque soviético.

Tras el 11-S, quedó claro que actores relativamente pequeños podían producir efectos estratégicos enormes.

En 2008, sistemas financieros considerados sofisticados mostraron vulnerabilidades inesperadas.

Y durante años se asumió que la integración económica de China produciría convergencia política con Occidente.

La realidad siguió otro camino. En todos esos casos aparece un elemento común. No faltaban datos. Fallaban los supuestos y la interpretación.

Y esto solo hablando de los dos últimos siglos y medio

¿Y el presente? ¿estamos en una situación como estas?

Es posible que parte del desconcierto actual provenga de que algunos supuestos sociales políticos y económicos, con los que habíamos nacido y crecido, ya no organizan el mundo del mismo modo. Especialmente con una administración estadounidense que ha agitado y dado la vuelta al mundo político internacional y diplomático como nadie se esperaba.

Las discusiones sobre comercio estratégico, autonomía tecnológica, política industrial, soberanía económica, control de fronteras o alianzas más transaccionales apuntan hacia otra lógica.

En ese contexto, fenómenos asociados a la administración Trump —presión sobre alianzas tradicionales, cuestionamiento del multilateralismo, nacionalismo económico y lenguaje político disruptivo— pueden interpretarse menos como una causa aislada y más como una señal visible de transformaciones más amplias.

Eso no significa que el orden internacional vaya a colapsar. ¿O sí? Tampoco que estemos entrando automáticamente en una época comparable a las más oscuras del siglo XX. Significa algo más simple y quizá más inquietante. Que tal vez estemos entrando en una etapa en la que todavía no sabemos qué reglas sustituirán a las anteriores.

Conclusión: el problema no es predecir el futuro

Existe una idea cómoda sobre el pasado: pensar que las rupturas históricas eran evidentes. No lo eran. Quienes vivieron esos cambios casi nunca sabían que estaban entrando en una época distinta.

La historia no enseña a anticipar el futuro. Pero sí recuerda algo útil: cuando el mundo cambia deprisa, el mayor riesgo no suele ser la falta de inteligencia. Suele ser seguir interpretando una realidad nueva con categorías que ya han dejado de describirla.


Bibliografía

Este texto no pretende establecer equivalencias históricas entre épocas distintas, sino apoyarse en trabajos que han estudiado cómo cambian los órdenes internacionales y por qué los contemporáneos suelen interpretar mal las rupturas.

Sobre Revolución Francesa, Napoleón y transformación del sistema europeo:

David A. Bell, The First Total War (2007).

Michael Broers, Napoleon: Soldier of Destiny (2014).

Henry Kissinger, World Order (2014), especialmente los capítulos sobre el sistema europeo.

Sobre la crisis del liberalismo y los años treinta:

Karl Polanyi, La gran transformación (1944).

Adam Tooze, El diluvio (2014) y El salario de la destrucción (2006).

Mark Mazower, Dark Continent: Europe’s Twentieth Century (1998).

Sobre Guerra Fría y construcción del orden posterior a 1945:

John Lewis Gaddis, La Guerra Fría (2005).

Odd Arne Westad, The Global Cold War (2005).

Tony Judt, Postguerra (2005).

Sobre colapsos inesperados y cambios de paradigma:

Christopher Clark, Sonámbulos (2012), sobre el camino hacia 1914.

Stephen Kotkin, Armageddon Averted (2001), sobre el final de la URSS.

Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre (1992), más interesante hoy por el debate que abrió que por sus conclusiones.

Ivan Krastev y Stephen Holmes, La luz que se apaga (2019).

Sobre globalización, crisis contemporánea y reordenamiento geopolítico:

Fareed Zakaria, The Post-American World (2008).

Thomas Friedman, The Lexus and the Olive Tree (1999), útil como ejemplo del optimismo globalizador de fin de siglo.

Parag Khanna, Connectography (2016).

Graham Allison, Destined for War (2017), sobre la competencia entre grandes potencias.

Joseph Nye, Do Morals Matter? (2020).

Una advertencia útil al leer cualquiera de estos libros: muchos fueron escritos dentro de un determinado clima intelectual. A veces resultan más interesantes por aquello que daban por supuesto que por sus predicciones.


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