SOLDADOS ESPAÑOLES EN EL BÁLTICO: LA OPERACIÓN SECRETA QUE DESAFIÓ A NAPOLEÓN
En
1807, en pleno apogeo de las guerras napoleónicas, un contingente de unos 13
000 soldados españoles fue destacado al Báltico y acantonado en puertos daneses
y hanseáticos. Fue conocida como la División del Norte. Mandados por el marqués
de La Romana y destinados inicialmente a colaborar con las fuerzas francesas en
el bloqueo contra Inglaterra, esos hombres vivirían a la postre una de las
peripecias más singulares de la Guerra de la Independencia: tras la ocupación
de España por Napoleón en 1808, lograron —gracias a contactos secretos con
agentes británicos y la ayuda de la Royal Navy— embarcarse y regresar a la
península para seguir combatiendo a los invasores.
CONTEXTO
HISTÓRICO
Para
entender cómo soldados españoles acabaron en Dinamarca hay que situarse en el
contexto europeo de principios del siglo XIX. En 1807, España era aliada formal
de la Francia napoleónica. Tras el Tratado de San Ildefonso y otros acuerdos
posteriores, la política exterior española orbitaba alrededor de París, a
menudo más por imposición que por convicción.
Napoleón
había decretado el bloqueo continental contra Gran Bretaña, un ambicioso
intento de asfixiar económicamente a su gran enemigo cerrándole los puertos de
Europa. Para que el sistema funcionase, era necesario controlar también el
norte del continente. Dinamarca, aliada de Francia tras el ataque británico a
Copenhague, se convirtió en una pieza clave de ese engranaje.
España,
como aliada, fue requerida para aportar tropas. El resultado fue el envío de un
contingente considerable al norte de Europa. Sin embargo, esta exigencia
francesa respondía a una triple intención: obtener apoyo militar para la
campaña del Báltico, vaciar España de tropas para facilitar su futura ocupación
y retirar de Italia a las fuerzas españolas que sostenían el Reino de Etruria,
cuyo trono Napoleón deseaba para su hermana Elisa.
EL ENVÍO DE LAS TROPAS
La primera unidad enviada fue la División de Etruria, que en abril de 1807 partió hacia el norte con algo más de 6.000 hombres. Posteriormente, durante el verano, salieron de España otras unidades que conformaron la llamada División del Norte, con unos 8.800 soldados. El esfuerzo supuso un enorme sacrificio para el ejército español, cuyos recursos eran ya muy limitados. Para equipar adecuadamente a los regimientos de caballería expedicionarios, se dejó prácticamente sin caballos a las unidades que permanecían en la península. A finales de 1807, España se encontraba prácticamente desguarnecida y sin fuerzas operativas capaces de oponerse a una invasión, lo que facilitó enormemente la posterior ocupación francesa.
El
mando del cuerpo expedicionario recayó en Pedro Caro y Sureda, tercer marqués
de La Romana, capitán general de Cataluña. Noble ilustrado, educado en Francia
y con experiencia tanto en la Armada como en el Ejército, La Romana gozaba de
prestigio militar. Las tropas de Etruria iniciaron su marcha bajo el mando del
brigadier Salcedo, atravesando Italia, los Alpes y Alemania hasta llegar a
Hamburgo. Las unidades enviadas desde España siguieron rutas distintas,
atravesando Francia para reunirse en Alemania.
A
pesar de las reticencias iniciales de los mandos franceses, los soldados
españoles demostraron pronto su valor y eficacia. En agosto de 1807
participaron en la conquista de Stralsund, el último bastión sueco en
Pomerania, destacando especialmente los Dragones de Villaviciosa y los Voluntarios
Catalanes, que obtuvieron numerosas condecoraciones. Durante el otoño e
invierno, las tropas españolas permanecieron de guarnición en Hamburgo bajo las
órdenes del mariscal Bernadotte.
LA VERDADERA INTENCIÓN DE NAPOLEÓN
En
marzo de 1808, Napoleón ordenó a Bernadotte que auxiliara a Dinamarca frente a
Suecia e Inglaterra. El cuerpo multinacional reunido incluía más de 14.000
españoles al mando de La Romana, junto con fuerzas francesas, holandesas y
danesas. Más allá de los objetivos militares, Napoleón perseguía un fin
político oculto: dispersar a las tropas españolas para neutralizarlas y evitar
que pudieran reaccionar ante los acontecimientos que se preparaban en la
península.
Antes de dispersarlas, el régimen napoleónico estableció una estricta censura postal para impedir que los soldados españoles conocieran la situación en España. Aun así, La Romana, inquieto por la falta de noticias, envió secretamente a oficiales de confianza a la península. Mientras tanto, las tropas españolas fueron repartidas por Dinamarca en pequeños contingentes, siempre vigilados por fuerzas aliadas francesas, holandesas o danesas.
Las
tropas españolas se distribuyeron principalmente entre la península de
Jutlandia, la isla de Fionia y la isla de Zelanda. En Jutlandia quedó el
segundo jefe del cuerpo expedicionario, el general Kindelán, de origen irlandés
y claramente afrancesado, al mando de varias unidades. En Fionia se estableció
el cuartel general de La Romana, mientras que el batallón de Infantería Ligera
de Cataluña fue enviado a la pequeña isla de Langeland, que acabaría
desempeñando un papel crucial. Solo una brigada de seis batallones de los
regimientos de Guadalajara y Asturias permaneció agrupada en Copenhague, donde
combatió con éxito a suecos e ingleses a los que expulsaron de Zelanda, aunque
siempre bajo mando francés, concretamente del general Roiron.
Mientras
tanto, en España estallaba la crisis política definitiva. En marzo de 1808 tuvo
lugar el motín de Aranjuez, que provocó la caída de Godoy y la abdicación de
Carlos IV en su hijo Fernando VII. Poco después, ambos monarcas fueron atraídos
a Bayona, donde Napoleón forzó las abdicaciones que culminaron con la entrega
de la corona española a José Bonaparte. Y el levantamiento popular del 2 de mayo en Madrid.
Pese
a la censura, las noticias llegaron gradualmente a las tropas españolas en
Dinamarca, especialmente a través de la prensa danesa y de agentes británicos.
Cuando el capitán del Llano regresó con información detallada, La Romana
comprendió la magnitud de la traición y decidió actuar. Contactó secretamente
con la escuadra inglesa y comenzó a planear la repatriación de sus hombres,
consciente de que el éxito dependía del secreto absoluto y de ganar tiempo
aparentando lealtad a los franceses.
La
situación se agravó cuando José Bonaparte ordenó que las tropas españolas
juraran fidelidad al nuevo rey. En Jutlandia, Kindelán cumplió la orden sin
resistencia. En Zelanda, sin embargo, los regimientos de Asturias y Guadalajara
se rebelaron, se negaron a jurar, asesinaron a un oficial francés y estuvieron
a punto de tomar Copenhague. Solo la intervención directa del rey de Dinamarca
logró sofocar la revuelta, que terminó con la disolución y dispersión de estas
unidades, cuyos hombres nunca regresaron a España.
ESTRATÉGIA DE LA ROMANA
En
Fionia, La Romana optó por una estrategia dilatoria, permitiendo juramentos
ambiguos o incompletos mientras ultimaba su plan de fuga. A través de
intermediarios, entre ellos el sacerdote escocés James Robertson, que se hizo
pasar por comerciante, La Romana logró establecer contacto con agentes
británicos. El encuentro inicial, rodeado de sospechas mutuas, ha pasado a la
historia por un detalle casi novelesco: para demostrar su identidad y sus
intenciones, el misterioso comerciante utilizó como contraseña un verso del poema
del Mío Cid. El español rápidamente lo reconoció, pues años atrás había
discutido varias veces sobre ese verso con su amigo Hookham Frere, antiguo
embajador británico en Madrid. Esto disipó las dudas de La Romana, aquel
misterioso comerciante era un enviado del gobierno inglés.
Finalmente,
con ayuda británica, decidió concentrar las tropas en la isla de Langeland. Pasando
por encima del colaboracionista Kindelán, ordenó a las fuerzas de Jutlandia que
se unieran a él. Aunque los franceses lograron detener a un regimiento de
caballería, cuyo comandante se suicidó trágicamente para salvar a sus hombres,
la mayoría consiguió escapar.
LA GRAN ESCAPADA
Con
el apoyo de la flota inglesa, La Romana tomó la fortaleza de Nyborg, neutralizó
a las fuerzas danesas y concentró unos 9.500 soldados en Langeland. Entre el 21
y el 23 de agosto de 1808, estos hombres fueron transportados a Suecia y,
posteriormente, a España.
Sobre
la playa esperaban las tropas, protegidas por el Batallón de Cataluña, a
embarcar en botes y chalupas que los llevaría a los navíos británicos de vuelta
a casa. Una escena que se viviría en Dunkerque 132 años más tarde, cuando quienes
salían eran británicos mayoritariamente.
El
9 de octubre desembarcaron en Santander, dispuestos a unirse a la lucha contra
el invasor francés en la Guerra de Independencia. «En total, fueron
repatriados 400 oficiales, 8.600 soldados, 116 mujeres, 67 niños y 49 criados.
Atrás quedaron 5.724 españoles, según el parte del brigadier Salcedo, conde de
San Román, que serían capturados por los franceses y enviados como prisioneros
a Francia, donde permanecerían hasta el final de la guerra». (La Royal Navy
y el rescate de las tropas españolas en Dinamarca. Margarita Cifuentes Cuencas)
Así,
en condiciones extremadamente adversas, La Romana logró rescatar a dos tercios
del cuerpo expedicionario español del Báltico, en una de las operaciones más
audaces y significativas de la historia militar española de la época
napoleónica.
Lejos
de ser una fuerza agotada, los soldados del Báltico se convirtieron en un
refuerzo de gran valor para la causa española. Muchos participaron en campañas
posteriores de la Guerra de la Independencia, aportando experiencia, disciplina
y moral.
El
propio marqués de La Romana desempeñó un papel relevante en los primeros
compases del conflicto, aunque falleció prematuramente en 1811. Su figura quedó
asociada para siempre a esta audaz operación de retorno.
Desde
el punto de vista británico, la evacuación fue también un éxito estratégico: no
solo debilitaba a Napoleón, sino que reforzaba a un nuevo aliado en la
Península Ibérica.
Fuentes:
La
Aventura de la Historia, num. 106, 1807 Soldados españoles en el Báltico.
Engañados por Napoleón. Luis Reyes
La
Royal Navy y el rescate de las tropas españolas en Dinamarca. Margarita
Cifuentes Cuencas. Revista de Historia Naval 151 (2021) pp 91-112
España
con Honra. Una historia del siglo XIX español 1793-1923. Daniel Aquillué.
Editorial La Esfera de los Libros
Historia
Contemporánea de España 1808-1823 (coord. Blanca Buldain Jaca). Cap. 1 La
crisis del Antiguo Régimen 1808-1810, 1.8 La guerra de Independencia, Ana Clara
Guerrero Latorre. Editorial Akal

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