JULIO CÉSAR Y EL FIN DE LA REPÚBLICA: IDUS DE MARZO

La muerte de César (1798) de Vincenzo Camuccini

El arúspice Espurina había avisado a César unos días antes para que se guardara de un terrible peligro que se ceñía sobre él en esas fechas. «¡Cuídate de los idus de marzo!». Así lo recordamos gracias a W. Shakespeare y su obra de teatro Julio César. Según el escritor griego Plutarco, César habría desestimado la advertencia. Y ese día cuando iba al Senado, encontró a Espurina de nuevo y riendo le dijo: «Los idus de marzo ya han llegado»; a lo que el vidente contestó compasivamente: «Sí, pero aún no han acabado».




Cayo Julio César, dictator perpetuus de la República romana

César, provenía de familia patricia, con poca tradición en política. Su cursus honorum fue truncado por el golpe de Estado de Sila. Por ese motivo se vio en la necesidad de luchar en la oposición al régimen a la sombra de personajes como Pompeyo y Craso.

Sus victorias en Hispania Ulterior, como gobernador de la provincia, en el año 61 a.C., le habían proporcionado la gloria, fama y prestigio suficiente para aspirar a ser elegido Cónsul y posicionarse entre la elite romana. Pero, a pesar de ello, contaba con la oposición de la oligarquía. Jugó estratégicamente sus cartas y se aprovechó de la enemistad de Craso y Pompeyo, los dos hombres más poderosos en ese momento, y de manera inteligente se posicionó entre ellos como mediador, logrando el acuerdo privado que constituyó el primer triunvirato. Aunque, sin duda alguna, de los tres el más débil era él, por lo menos en un principio.

En el año 59 consigue llegar al consulado y desde la alta magistratura procura el beneficio de sus aliados y el suyo propio. Consigue emparentarse con Pompeyo al ofrecerle su hija en matrimonio y finalizado su año consular, parte a la Galia al mando de cuatro legiones.

Tras 8 años de guerras (58-51) César, tras sus victoriosas campañas, consigue reconocimiento y oro que hace aumentar su prestigio, popularidad e influencia. Y sobre todo liderar una máquina militar fiel a su persona que posteriormente le sería muy útil.

Mientras tanto la situación en Roma era delicada. La tensión era notable entre los triunviros y se hizo necesaria una ratificación del acuerdo inicial, que se produjo en Lucca en el año 56. Por ese nuevo acuerdo Pompeyo y Craso obtuvieron el consulado del año 55 y al finalizar tendrían un mando en Hispania y Siria respectivamente, César veía prorrogado su mando en las Galias. Todos conseguían sus propósitos.

Todo cambia en poco tiempo, a la muerte de la esposa de Pompeyo, la hija de César, y su siguiente matrimonio esta vez con la hija de un enemigo de éste se une la muerte de Craso en Siria en un despropósito de batalla contra los partos. De esta forma violenta se rompe el triunvirato.


En Roma reinaba el desorden y el caos y el Senado se deja seducir por Pompeyo nombrándole único cónsul (cónsul sine collega).

La pugna y el pulso entre ambos pesos pesados de la política en Roma no si hizo esperar. Pompeyo legisló en contra de César y al final consigue que se le ordene licenciar a su ejército y regresar el 1 de enero del 49. La reacción de César no se hace esperar y cruza el Rubicón con su ejército camino de Roma cuando la ley lo prohibía tajantemente. La guerra civil se venía encima.

Muerto Pompeyo en Egipto la guerra es continuada por sus seguidores hasta que César consigue la victoria total y alcanza el poder de esta forma. El siguiente objetivo que se marca es el de reordenar el Estado. Mantuvo la república, pero acomodó a sus necesidades e intereses sus instituciones. La sombra de la monarquía se ceñía a la figura de César.

Su programa de estabilidad y reordenación no fue revolucionario, empleó medidas sociales conservadoras. Las más productiva fueron su política de colonias y la concesión del derecho de ciudadanía romana.

La fundación de colonias en las provincias proporcionó tierras de cultivo a los ciudadanos, se calcula que además de los veteranos de las legiones, principales destinatarios de las fundaciones, unos 80.000 proletarios de la Urbs se beneficiaron de esta política. Intentaba atajar dos problemas, el futuro de los veteranos licenciados de filas y la de los desocupados que poblaban las calles de Roma y que malvivían de la munificencia del Estado. Además, impulsó el proceso de romanización e incrementó su prestigio personal. Y como complemento estaba su política de concesión del derecho de ciudadanía romana, Lex Iulia municipalis, y sus reforma provincial y municipal.

Su relación con el Senado nunca fue buena desde sus inicios. Logró reformar su composición, introduciendo miembros que le eran muy afines, generalmente de extracción popular o pertenecientes a las llamadas clases inferiores. Incrementó su número a 900 logrando hacer de la institución un órgano dócil a sus intereses. Lo quería como una mera asamblea consultiva y le recortó muchas atribuciones, especialmente financieras.

A nivel político fue acaparando poder en su persona. Tras la batalla de Tapso el Senado le concede la dictadura por un periodo de diez años, renovable anualmente y la cura morum, la capacidad de vigilancia sobre la costumbre, por tes años. En el año 45 después de aceptar la magistratura de cónsul único, renunció a ella en favor de dos candidatos a cambio de la dictadura vitalicia. En febrero del 44 eligió el título de dictator perpetuus. El camino hacia la monarquía (¿helenística?) o la tiranía estaba expedito. A ello sumó más nombramientos y honores.

En el año 44 la oposición política al dictator era cada vez mayor, favorecida por ese acaparamiento de poder y de honores. La clementia puesta en práctica por César al finalizar la guerra civil se iba a volver en su contra. La conspiración fue tomando forma y fuerza. La acusación más utilizada y la más grave para los romanos era la de querer restaurar la monarquía. Los conspiradores, que se hicieron llamar Los Libertadores, actuaron por venganza, unos, y otros por idealismo, por la pura defensa de la República.


Asesinato en la Curia del teatro de Pompeyo

Suetonio, en su Vida de los Doce Césares, narra de forma pormenorizada lo que sucedió ese nefasto día: «Fueron más de sesenta los conjurados contra él, siendo Cayo Caso Marco y Décimo Bruto los jefes de los conjurados. Éstos dudaban al principio si, cuando César llamase a votar a las tribus durante los comicios en el Campo de Marte, dividiéndose en dos grupos, arrojarlo unos desde el puente y, recogiéndolo los otros, asesinarlo, o bien, atacarlo en la vía Sacra, o a la entrada del teatro. Sin embargo, tras ser convocado el Senado para los idus de marzo en la Curia de Pompeyo, escogieron, sin dudarlo, ese día y ese lugar».

El 15 de marzo, idus de marzo, fue el día señalado. Había atravesado la ciudad junto a sus seguidores, a modo de escolta, dirigiéndose a la Curia del teatro de Pompeyo, en el Campo de Marte, donde el Senado celebraba sus sesiones hasta que se completaran los trabajos de la nueva que estaría en el Foro. Antes de entrar César recibió una nota admonitoria del peligro que corría, pero la ignoró en ese momento.

César fue asaltado por los conspiradores y asesinado a los pies de la estatua de Pompeyo. Los primeros golpes fueron asestados por Cimbrio Tilio y Servilio Casca. Antes de la primera cuchillada, de las veintitrés que recibió, y ante el gesto de su atacante tirando de su toga para desestabilizarlo, cuenta Suetonio que exclamó: «ista quidem vis est!» (¿qué clase de violencia es esta?). Pidió ayuda a sus seguidores, pero nadie acudió, fue cuando el resto de los asaltantes se abalanzaron sobre él y comenzaron a asestarle las puñaladas.

Suetonio hace referencia a la última noche de César y su mujer: «…durante la noche que precedió al día del asesinato, al propio César le pareció, mientras dormía, que, unas veces, volaba por encima de las nubes y, otras, que estrechaba la mano de Júpiter. También su esposa Calpurnia soñó que el techo de su casa se desplomaba y que su marido moría apuñalado en sus brazos…»


«Por todos estos sucesos y también por encontrarse indispuesto, estuvo dudando largo rato si quedarse en casa y aplazar los asuntos que se había propuesto tratar en el Senado».

Se dice que fue Marco Bruto el último en apuñalar al dictator y que éste le dijo las siguientes palabras que han pasado a la historia o a la leyenda: «¿También tú, hijo mío?», popularizadas por la obra de Shakespeare antes mencionada. Aunque Bruto no era hijo suyo, solo un amigo.

Marco Antonio, sobrino y lugarteniente de Cesar, consiguió el temporal aplazamiento de la venganza. Éste fue el encargado de dirigir el funeral.

«¿Acaso les he dejado vivir para que fuesen ellos quienes me dieran muerte?» Verso recitado durante los festejos fúnebres del Juicio de las Armas, de Pacuvio, según Suetonio.



Resultado y consecuencias

El resultado del magnicidio no fe el esperado. La República no se restableció como pretendían, sino que un nuevo enfrentamiento por el poder iba a desencadenarse. Las figuras de Marco Antonio y Octaviano emergen con fuerza.

No se sabe si era su auténtica intención la de instaurar la monarquía y si lo fuese de qué tipo sería ésta, porque sus iniciales políticas estaban encaminadas el mantenimiento de la República, pero su posterior modo de actuar y legislar desde el poder dejaba un halo sospechoso. Es una disyuntiva que, a día de hoy, la historiografía no ha conseguido aclarar.

Su calidad como escritor ha pasado a la historia, así como la de estratega militar. Lo que ha dejado más dudas ha sido su valía como hombre de Estado y las fuentes historiográficas tampoco se ponen de acuerdo.

Fue el eslabón entre la República y el Imperio, su política en el poder aceleró la transición de una a otro. Esto supuso convertirse en el personaje que dio un vuelco a la historia de Roma. Figura que no ha dejado indiferente a nadie y que ha provocado desde su muerte la configuración e interpretación de múltiples Césares, contradictorios entre ellos.

«Murió a los cincuenta y seis años y fue incluido entre los dioses, no solo por boca de los que decretaron el honor, sino por el convencimiento de la gente» Suetonio.

Fuentes:
Suetonio, Vida de los Doce Césares
Historia Antigua Universal III (UNED) Historia de Roma. Fe Bajo Álvarez, Javier Cabrero Piquero y Pilar Fernández Urdiel
Revista Aventura de la Historia número 21 (julio año 2000)

Fotos:
Estatua de Julio César, Nicolas Coustou (s. XVII) Museo del Louvre
Busto de mármol de J César, Museo Pío-Clementino, Museos Vaticanos
Busto de J. César, Altes Museum, Berlín
Busto de Tusculum, Museo Arqueológico de Turin (Italia)
Cuadro El asesinato de César de H.F. Füger, Museum Karlsplatz de Viena (Austria)
Cuadro Muerte de César de Carl Theodor von Piloty (1865)
Cuadro La Muerte de César de Jean-León Gerome (1867)
Cuadro La oración de Marco Antonio de George Edward Robertson






Comentarios

Entradas populares de este blog

LOS HERMANOS GRACO Y SU REFORMISMO

EL AGUA, SÍMBOLO DE LA CIVILIZACIÓN ROMANA

PERICLES Y LA DEMOCRACIA RADICAL