EUROPA EN MANOS DE HITLER: ANSCHLUSS

Puerta del castillo de Burgtor Viena

ANSCHLUSS: LA ANEXION DE AUSTRIA

En una ocasión me dijo el presidente Roosevelt que estaba pidiendo públicamente que le hicieran sugerencias sobre cómo habría que llamar a esta guerra. Enseguida le propuse: la guerra innecesaria. No ha habido jamás una guerra más fácil de detener que la que acaba de arruinar lo que quedaba del mundo después de la contienda anterior.

Este era el pensamiento de W. Churchill al finalizar la IIª Guerra Mundial. Siempre fue muy crítico con la postura británica y francesa en los años previos a la guerra. Llegó a tildar de sumisión las actitudes de ambos países frente a las pretensiones nazis que eran muy evidentes. Al periodo que media entre la recuperación de Renania por parte alemana en marzo de 1936 y el Anchsluss que significó la anexión de Austria en marzo de 1938, lo denominó “un intervalo opresivo”. Donde la Alemania nazi, sobre todo, pero también la Italia fascista de Mussolini iban asentando sus fuerzas, mostrando su poder, atemorizando al resto de Europa y manifestando de forma nítida y clara sus verdaderas pretensiones. Pero todavía quedaba un paso más y ese llegó a finales de septiembre de 1938 en Múnich, cuando el día 30 a instancias del dictador italiano y a iniciativa de Hermann Göring los representantes, británico, por un lado, N. Chamberlain y francés, por otro, E. Deladier se plegaron a los intereses de los convocantes y aceptaron la incorporación de los Sudetes (Checoslovaquia) a Alemania. La puerta de la guerra se había abierto.

La historia ha juzgado de forma severa a ambos dignatarios, pero en honor a la verdad, entre sus razones estaba la idea de evitar la guerra. Pero cuando no es posible amansar a la fiera y vas haciendo concesiones, la fiera se crece y lo quiere todo. “Es la segunda vez en nuestra historia que regresamos de Alemania a Downing Street con una paz honrosa. Creo que es una paz para nuestro tiempo”, decía Chamberlain a su regreso a Londres.

En la sesión parlamentaria donde se celebró un debate de tres días sobre la cuestión Múnich y en la que Chamberlain presentó su renuncia, Churchill sentenció: “hemos sufrido una derrota total y absoluta”.

Siguiendo el guion del Mein Kampf, Hitler se dirigía hacia la “Gran Alemania” sin entrar en guerra, gracias a la pasividad anglo-francesa. Cumplía de esta forma un viejo anhelo del pangermanismo. Antes del 1 de septiembre de 1939, cuando invade Polonia y se considera el inicio de la IIª Guerra Mundial, había logrado de forma mas o menos pacífica recuperar el Sarre y Renania, anexionarse Austria y los Sudetes y reintegrar en el III Reich la ciudad de Memel (actual Lituania). Y se sabía que en noviembre de 1937 Hitler ya había expuesto a sus principales colaboradores militares su decisión de utilizar las armas para conseguir ese objetivo de crear la “Gran Alemania” como base para la futura expansión en busca de “espacio vital”.

La oportunidad fue perfectamente aprovechada por el Führer, por un lado, contaba con la desunión francesa, la indiferencia británica y la amistad italiana y por otro, la debilidad austriaca y el interés de la mayoría de la población que deseaba la unión. Así, el 20 de febrero de 1938 en el Reichstag Hitler dijo que había 10 millones de alemanes a los que la Paz de Versalles de 1919 les había impedido unirse al Reich y vivían en estados fronterizos. El mensaje no dejaba lugar a dudas, hablaba de Checoslovaquia y Austria. Tan solo tres semanas después Alemania se anexionará Austria.


Dese hacia tiempo Hitler había alimentado el interés de los nacionalsocialistas austriacos para conseguir su viejo propósito de construir la “Gran Alemania”. Apoyó y financió a éstos para que consiguieran derrocar el gobierno de Dolfuss, en ese momento canciller austriaco, por otro proclive a su ideario y que facilitara la anexión. De hecho, hubo una intentona golpista que fracasó, pero acabó con la vida del canciller. Todos estos movimientos alemanes no eran bien vistos por la Italia del Duce que miraba a Hitler con cierto recelo. Roma envió tropas a la frontera con Alemania, pero más como medida intimidatoria, un auténtico farol, ya que no tenía intención de traspasarla, una muestra de apoyo a Austria. Al final esta pequeña crisis se liquidó por vía diplomática, dando a entender que Berlín no estaba interesado en Austria.

En esta situación, verano de 1934, Hindenburg, el presidente alemán fallece y Hitler aprovecha la tesitura para publicar un decreto que unía el cargo del presidente al del canciller, por lo tanto, hacia converger en su persona ambos cargos. Nombró un nuevo gobierno con la mitad de los ministros del partido nacionalsocialista. Ya tenía todo el poder en su puño y no lo iba a soltar de forma voluntaria.

En noviembre retomó la idea de la “Gran Alemania” que, a pesar del contratiempo anterior, no había salido de su cabeza. Expuso sus planes a los ministros y militares más allegados: “La cuestión del espacio vital es un problema de grandes proporciones, para cuya solución no queda otro camino que la fuerza”. De nuevo puso sobre la mesa sus objetivos de expansión a partir de la “Gran Alemania”, comenzando Austria y continuando por los Sudetes.

Aunque en principio se pensaba que todo iba a ser sencillo ya que contaban con el beneplácito del nuevo canciller austriaco Schuschnigg del que alababa Hitler su “espíritu de compresión”, eso sí, una vez llevada a cabo la pertinente presión e intimidación. Pero aquél cambió de opinión y convocó un plebiscito en el que el pueblo austriaco debía manifestarse. Jarro de agua fría para las aspiraciones alemanas, aunque estaba amañado, solo había papeletas con el sí a la unión y se tenia que poner nombres y apellidos. Todo surrealista.


La paciencia de Hitler estalló y el 10 de marzo ordenó la invasión de Austria. Ante la visión de los tanques en la frontera con Alemania, Schuschnigg presentó la dimisión el día 11. El candidato propuesto por los alemanes era Seyss-Inquart, totalmente proclive a sus intereses. A las 3 de la madrugada del 12 de marzo las tropas de la Wehrmacht entraban en Austria ante la nula oposición de los vecinos, escenificando lo que se ha venido a conocer como Blumenkrieg o guerra de las flores.

Al anochecer estaban en Viena aclamadas por la población. El 15 de marzo Hitler se dirigió a casi 250.000 vieneses que se agolpaban en la Heldenplatz: “He cumplido con la mayor misión de mi vida. Como Führer y canciller de la nación alemana doy parte a la historia de que mi patria se incorpora ahora al Reich alemán”, ante el clamor de la población y los constantes ¡Heil Hitler!

De forma paralela comenzaron las persecuciones a socialistas, comunistas y a la comunidad judía austriaca: Se calcula que más de veinte mil personas fueron detenidas en los siguientes tres días y ms de cincuenta mil judíos fueron asesinados en los siguientes siete años.


Hitler había conseguido algo que no alcanzó el mismísimo Bismarck, integrar Austria en el Reich. La población alemana incrementó su fe ciega en el Führer. Pero si el entusiasmo en la población tanto alemana como austriaca estaba desbordado, no menor fue el de la población de los Sudetes donde tres millones y medio de alemanes esperaban con ansia un proceso parecido. Y todo ello ante la complaciente mirada de británicos y franceses principalmente.

El 10 de abril se celebró un referéndum conjunto en Alemania y Austria: “¿Está de acuerdo con la reunificación de Austria en el Reich alemán?, ¿Aprueba la lista única de candidatos al Reichstag presentada por nuestro Führer Adolf Hitler? La participación en la votación alcanzó casi un 100 en ambos países. La farsa se había legitimado.


“…gracias a la audacia del Führer estaban decididamente por delante de los aliados en todo tipo de rearme. El ejercito maduraba de mes a mes; la decadencia interna de Francia y la falta de fuerza de voluntad de los británicos eran factores favorables que bien podían dejar que siguieran su curso. ¿Qué importaban uno o dos años cuando todo iba tan bien? Necesitaban disponer de tiempo para completar la máquina bélica, y un discurso conciliador del Führer de vez en cuando seguiría dando que hablar a estas democracias fútiles y degeneradas”. W. Churchill dixit.


Fuentes:
Revista La aventura de la Historia, num. 114. En el puño de Hitler. La anexión de Austria. David Solar.
Segunda Guerra Mundial, 1939-1945, las claves de la mayor contienda de la historia, volumen 1, 1919-1939 Alemania desafía a los vencedores.
Winston S. Churchill, La Segunda Guerra Mundial Volumen I




Comentarios

  1. Desde luego la pasividad anglo-francesa, pero también americana y de todas las naciones europeas que admitían una invasión de sus fronteras sin apenas oposición. Unos por que lo querían y otros por no enfrentarse. Es decir, miro para otro lado y así parece que no es real. Hungría fue invadida sin casi oposición de los húngaros. También es cierto, creo, que todo es producto de la gran crisis, no solo económica, en toda Europa que hacía que los europeos se quisieran creer lo que no era.

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    1. Con los americanos no podemos contar, por esos tiempos no miraban a Europa y Roosevelt se había comprometido a no repetir lo del 14 hasta Pearl Harbor. Hablas de los países que admitían la invasión, Austria quería la anexión, por lo menos el pueblo y los sudetes checos eran de mayoría germana. Ademas temían a Alemania por su poderío militar ya entonces. Las grandes potencias que podían haber hecho algo mas era Reino Unido y Francia. En el 40 Hungría se unió al Eje con un títere de Hitler. Y en efecto, Europa no estaba para muchos trotes.
      Gracias por los comentarios es muy interesante la interacción

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