LOS HERMANOS GRACO Y SU REFORMISMO



La década que va desde el 133 al 122 a. C. en Roma, estuvo caracterizada por el intento reformista a nivel social, político y económico protagonizada por los hermanos Graco, Tiberio Sempronio y Cayo Sempronio Graco, hijos del general y estadista Tiberio Sempronio Graco, de gran recuerdo en Hispania donde hizo reparticiones de tierra a los íberos y firmó con ellos tratados que mantuvieron la Península pacificada unos 25 años, y de Cornelia, hija de Escipión el Africano. Durante ese periodo, ambos hermanos obtuvieron el cargo de tribuno de la plebe desde donde intentaron ese movimiento reformista.


En el s. II a.C. Roma estaba sufriendo importantes cambios, el desarrollo del incipiente imperialismo romano, desde la victoria en la Segunda Guerra Púnica, había enriquecido notablemente a las clases medias y altas. La sociedad queda dividida, más o menos, en una oligarquía terrateniente que se encargaba de la dirección del estado y manejaba los órganos de gobierno; la clase de los ecuestres o caballeros que se ocupaban de los negocios, abastecimiento de los Ejércitos o la explotación de minas y canteras; y las masas populares, que formaban las fuerzas productoras. Sin olvidar el estrato de esclavos y libertos.

La lucha entre patricios y plebeyos de principios de la República da paso a otro tipo de conflictos sociales, la confrontación de dos grupos, que no partidos como se entenderían hoy en día, optimates y populares diferenciados por la capacidad económica y no tanto por el origen, que surgen de la propia clase dirigente. Los primeros se consideraban guardianes de las tradiciones, preocupados por mantener el control que el Senado ejerce sobre la vida pública y estaban capitaneados por Escipión Emiliano, Q. Mucio Escévola y Calpurnio Pisón. Y los segundos, favorables a la ampliación del Senado proponiendo reformas institucionales para resolver los problemas de la República, tenían a la cabeza a Apio Claudio Pulcher y los hermanos Graco.

En el ámbito económico, las devastaciones que los ejércitos cartagineses habían llevado a cabo en sus incursiones al Norte y Sur de Roma generaron una gran cantidad de “tierra quemada” que se perdió para sus campesinos. Por otro lado, los pequeños campesinos desatendían sus tierras para engrosar las filas del ejército y éstas fueron compradas a bajo precio por la oligarquía senatorial de Roma. El régimen de propiedad pasa ahora del minifundio al latifundio. La abundante llegada de productos agrícolas de otras regiones, el aumento de mano de obra esclava, procedente de las guerras y el nuevo orden ecuestre, que se adueña de los mejores mercados, hace que se genere un círculo vicioso: a los campesinos arruinados sólo les queda trabajar en los latifundios o abandonar su modo de vida e instalarse en las ciudades donde solo encuentran miseria.

En esta situación socioeconómica accedió al tribunado de la plebe Tiberio Graco quien puso en práctica su reforma agraria, beneficiado por la ausencia de oposición en Roma ya que uno de los cónsules, Calpurnio Pisón se hallaba en Sicilia sometiendo un levantamiento de esclavos, el otro cónsul Mucio Escévola era partidario suyo y su principal opositor, Escipión Emiliano estaba en Hispania. Su reforma ya tenía antecedentes en Roma y en el fondo pretendía recuperar la ley agraria de Licinio y Sextio del s. IV a.C. El programa de Tiberio fue el siguiente:
  • Todos aquellos que habían ocupado tierras del ager públicus sin concesión previa o arrendamiento del estado debían devolverlas.
  • En el caso de que existiera esa concesión o arrendamiento tan solo podrían conservar 500 yugadas (unas 125 ha). Si tenía hijos se incrementaba en 250 yugadas por cada uno de ellos hasta un máximo de 1.000. El resto se devolvería al Estado.
  • Las tierras recuperadas se repartirían en lotes de 30 yugadas, consideradas inalienables, y los asignatarios pagarían un pequeño canon anual.
Por último, y aquí posiblemente lo más controvertido, se creaba un tribunal, formado por tres miembros (Apio Claudio Pulcher y los hermanos Graco), que por turnos anuales debían alternarse en la dirección. Su misión, las concesiones de las tierras, decidían sobre qué tierras podían ser consideradas como públicas y cuales privadas.

Aunque se han considerado unas medidas revolucionarias por parte de algunos autores hay otro sector que no piensa igual puesto que no iban en contra de la propiedad privada ya que solamente afectaban al uso del ager publicus, pero es incuestionable que repercutieron contra los intereses de la oligarquía senatorial.

La única forma de aprobar esta ley era convocar para su votación a la asamblea popular, lo que podían hacer directamente los tribunos. Si la ley encontró gran apoyo entre la masa popular la única oposición vino de otro tribuno de la plebe, M. Octavio, defensor de los intereses de la aristocracia romana. Tiberio ante la imposibilidad de sacar la ley adelante por la oposición de un tribuno, retiró la ley y propuso otra más dura y para conseguir sus propósitos convocó de nuevo a la asamblea e hizo deponer por votación a M. Octavio. Eliminada la oposición se aprobó la nueva ley y el Senado no tuvo más remedio que ratificarla muy a su pesar, aunque, eso sí, intentó torpedearla desde el principio.

Entre la artimaña para deshacerse de la oposición y la configuración de la comisión del reparto de las tierras, antes mencionada, la sombra de la sospecha partidista se apoderó del escenario.

La aplicación de la ley, como podemos suponer, tuvo innumerables problemas. Y el principal fue el económico. Los nuevos dueños de las tierras no tenían dinero para empezar las explotaciones y el Estado tampoco podía ayudar pues su situación económica no era boyante. Pero en este momento llegó a Roma una delegación de Pérgamo para informar del fallecimiento de su soberano Atalo III, el que había dejado en herencia su fortuna al pueblo de Roma. A Tiberio se le abrió el cielo y propuso rápidamente una ley para que ese dinero se repartiera entre los nuevos propietarios para la compra de utensilios de labor y pudieran trabajar sus tierras. Esto supuso un nuevo mazazo para el Senado. Tiberio no se granjeaba la amistad de los senadores lo que, al final, le costaría muy caro.

En esta atmósfera, nada propicia para el tribuno de la plebe, Tiberio intentó presentarse a la reelección para continuar con su labor reformadora y porque era consciente de que perdiendo la inmunidad peligraría su vida. Presentarse a la reelección no era ilegal, pero iba en contra de la costumbre si haber solicitado el permiso indispensable para ello. Sus adversarios comenzaron una campaña en contra e hicieron correr la voz de que Tiberio quería alcanzar el máximo poder y coronarse rey, cuestión que para los romanos de aquella época era todo un sacrilegio. La votación no llegó a celebrarse y un motín alentado por la oligarquía senatorial acabó con su vida junto con la de un buen número de sus partidarios.
Sin embargo, su muerte no impidió la aplicación de la ley, auténtica necesidad del proletariado romano.
Diez años después el movimiento reformista fue retomado por su hermano Cayo quien quiso ir un poco más allá y reformar la estructura del Estado en su totalidad. En el año 123 a.C. Cayo Graco fue elegido tribuno de la plebe y continuó los proyectos políticos que su hermano Tiberio no pudo llevar a cabo, introduciendo algunas reformas para intentar poner en marcha la reforma agraria.

Sus primeras disposiciones se dirigían contra el tipo de acciones represivas que habían sido lanzadas contra Tiberio y sus partidarios. Junto con el resto de su legislación en materia judicial, constituyen un modelo cuidadosamente pensado para abordar el problema de la creciente acumulación de poder en manos de la nobleza gobernante. 

En palabras de Plutarco eran leyes de carácter económico, político y finalmente judiciales, morales y sociales, para gratificar al pueblo y disminuir el poder del Senado. No se limitó a poner en funcionamiento la Lex Sempronia, que creara su hermano, sino que propuso nuevas leyes, en total hizo 15 propuestas de ley, seis de carácter económico (precio máximo del trigo, reactivación de la ley agraria, regulación de impuestos en Asia, nuevos derechos de aduana y autorización de nuevas colonias); cinco leyes políticas para asegurar la libertad de los populares e impedir al Senado sabotear sus propuestas; y cuatro leyes de carácter moral y social como aumentar el Senado con caballeros, conceder el derecho de ciudadanía a latinos e itálicos o limitar la edad de ingreso en el ejercito entre otras.


Una de sus propuestas respecto a nuevas colonias fue la de crear una en Cartago que generó protestas en el Senado y supuso el centro de la campaña de desprestigio contra Cayo, ya que había sido maldecida por Escipión y no se podía edificar sobre ella. Excavaciones posteriores demuestran que el levantamiento de la colonia no estaba encima de la antigua ciudad.

Además, la oligarquía quiso combatir a Cayo con sus mismas armas y apoyó la figura de Livio Druso para que aparentemente defendiera mejor los intereses del pueblo, pero de acuerdo con el Senado.
Su final fue idéntico al de su hermano, tras presentarse a una tercera reelección, ya no estaba mal visto, no salió elegido y el Senado, viéndose fuerte de nuevo, procedió a derogar la ley por la que se fundaba Cartago lo que provocó violentos tumultos.

La muerte del segundo de los Graco significó un renacimiento del poder de la oligarquía pero ya no se podía volver a la situación anterior al inicio de la crisis del 133 a.C. ya que el pueblo se había acostumbrado a unos derechos a los que no estaba dispuesto a renunciar y la aristocracia, a pesar de su recuperación, ya no tenía la fuerza que tuviera en épocas pasadas.

Tras unos años, durante los cuales la obra de los Graco fue paulatinamente destruida y sus seguidores perseguidos, encarcelados y expulsados del Senado, comenzó a producirse una paulatina recuperación de los populares tanto que la oligarquía senatorial se vio incapacitada para detener su ascenso. Apareciendo figuras como Cayo Mario.

Años más tarde se intentó recuperar el programa político de los Graco y lo hizo en el año 91 a.C. Livio Druso cuando fue elegido tribuno de la plebe. Precisamente quien era hijo de aquel que acabara con el segundo de los Graco con sus demagógicas propuestas de ley.  Livio Druso intentó dar satisfacción a las aspiraciones tanto de la plebe como del orden ecuestre, sin cuestionar la autoridad del Senado, utilizando las bases programáticas de los Graco dado que los problemas político-sociales que acuciaban la República no habían cambiado desde entonces y que la situación tampoco había mejorado.

Si las reformas que los hermanos Graco se hubieran podido llevar a cabo tal vez el curso de la historia romana de los años sucesivos hubiese cambiado, pero su fracaso contribuyó sin duda a precipitar los acontecimientos que desembocaron en la bellum sociale.

Prueba de la dificultad que entraña la obra de los Graco es el testimonio ambivalente del propio Cicerón, quien llega a alabar sus logros, pero que con mayor frecuencia criticará al tribunado turbulentissimus de Tiberio o la popularis levitas de Cayo, que llegaron, según sus palabras, a hacer añicos el Estado. El propio Salustio hará de los hermanos Graco un doble juicio, destacando sus nobles principios, pero denostando sus malas artes.

Aunque como dijo Plutarco, “… (el pueblo) más no tardó en manifestar cuánto echaba de menos y deseaba a los Graco. Porque levantándoles estatuas, las colocaron en un paraje público, y consagrando los lugares en que fallecieron, les ofrecían las primicias de los frutos que llevaba cada estación, y muchos les adoraban y les hacían sacrificios cada día, concurriendo a aquellos sitios como a templos de los dioses.”


Para finalizar me quedo con las palabras de Tom Holland en su libro Rubicón, auge y caída de la República romana: “Esta era la verdadera tragedia de los Graco. Sí, los movía la búsqueda de la propia gloria –al fin y al cabo, eran romanos-, pero también intentaron con verdadera pasión mejorar las vidas de sus conciudadanos. Las carreras de ambos hermanos habían sido valientes intentos de lidiar con los múltiples y manifiestos problemas de Roma. En ese sentido, los Graco habían muerto como mártires de sus ideales. (…) El destino de los Graco había demostrado de forma fehaciente que cualquier intento de imponer reforma de raíz en la República sería interpretado como una vuelta a la tiranía. Los programas que incluyesen cambios radicales, por muy idealista que fuera su inspiración, se desintegrarían por culpa de las rivalidades internas de la propia República,”

Bibliografía
Historia Antigua Universal III (UNED) Fe Bajo Álvarez, Javier Cabrero Piquero y Pilar Fernández Urdiel
Los Graco: una gran revolución contra la plutocracia de Roma, años 133 a 123 a.C., José María Blázquez Martínez, catedrático emérito de Historia Antigua Universidad Complutense


Comentarios

Entradas populares de este blog

EL AGUA, SÍMBOLO DE LA CIVILIZACIÓN ROMANA

ATAQUE A PEARL HARBOR