LA GUERRA DE SUCESIÓN (1701–1714): UN CONFLICTO EUROPEO POR UN IMPERIO GLOBAL

La Guerra de Sucesión española

La Guerra de Sucesión se desarrolló entre 1701 y 1714 y fue, en realidad, mucho más que una guerra por quién debía ocupar el trono hispano. Aunque en la práctica, esto, no tenía demasiada importancia para los bandos enfrentados. Fue un conflicto europeo de gran escala en el que se decidía el equilibrio de poder en el continente… y, sobre todo, el control de las enormes posesiones imperiales españolas en América y Europa que tuvo en un primer momento su campo de batalla en el norte de Europa y en Italia.

Luis XIV admitía en 1709 que «el principal objetivo de la actual guerra es el comercio de las Indias y las riquezas que produce». Cuando empezaron las negociaciones de paz, España, a la que todavía le quedaría un siglo para convertirse en un Estado, fue excluida de todas las discusiones y no se le permitió siquiera intervenir en los tratados de paz que dieron fin a la guerra. Como curiosidad, los principales generales de la guerra nunca visitaron la Península Ibérica.

Aunque el detonante fue la muerte sin descendencia de Carlos II de Habsburgo, el llamado “Hechizado”, las verdaderas motivaciones de las potencias europeas iban mucho más allá de la sucesión dinástica.

EL PROBLEMA SUCESORIO: EL FINAL DE LOS AUSTRIAS

Guerra de Sucesión española
Finalizando el siglo XVII la Monarquía Hispánica se encontraba en una situación delicada: Carlos II había contraído matrimonio en dos ocasiones, primero con María Luisa de Orleans y después con Mariana de Neoburgo, pero ninguno de los enlaces había producido la ansiada descendencia. Se llegó a decir que estaba hechizado y no podía engendrar hijos. Con ello, se hacía cada vez más evidente que la dinastía de los Austrias españoles se encaminaba hacia su extinción.

Hacia 1697, la corte madrileña estaba dividida en dos grandes corrientes o “facciones”, cada una de las cuales defendía una posible solución al problema sucesorio.

La primera y más numerosa era la llamada opción bávara. Sus partidarios proponían como heredero a José Fernando de Baviera, un joven príncipe considerado de consenso porque reunía vínculos tanto con la dinastía española como con otras casas europeas. Era nieto de Margarita de Austria, hermana de Carlos II —la misma que aparece retratada en Las Meninas de Velázquez—, lo que le otorgaba cierta legitimidad dinástica sin provocar el rechazo inmediato de las grandes potencias. Esta opción era defendida principalmente por la propia reina Mariana de Neoburgo y el emperador. Esta alternativa proponía mantener la herencia dentro de la rama de los Habsburgo. Aunque contaba con menos apoyos en la corte, logró atraer a algunos miembros influyentes de la alta nobleza, que veían en esta solución la continuidad más directa de la dinastía. Y de hecho Carlos II lo recogería en su testamento, pero el heredero falleció inopinadamente en febrero de 1699.

La segunda opción fue ganando fuerza con el paso del tiempo, especialmente tras los acuerdos de Rijswijk (1697), que reconfiguraron el equilibrio diplomático europeo. Se trataba de la candidatura borbónica, encabezada por Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV de Francia. Este grupo fue ganando adeptos progresivamente, hasta situar al cardenal Portocarrero —arzobispo de Toledo y figura clave en los últimos años del reinado— como uno de sus principales impulsores dentro de la corte. La diplomacia francesa, especialmente a través de su embajador, el duque de Hartcourt, logró consolidar apoyos clave dentro del entorno del rey. Los movimientos franceses frente al problema sucesorio español fueron variados, desde sobornos en Madrid y movilizaciones orquestadas por agentes franceses como el Motín de los Gatos hasta presiones diplomáticas en las cortes extranjeras.

A partir del fallecimiento del príncipe José Fernando de Baviera, la candidatura borbónica cobró un gran impulso, ya que sus defensores argumentaban que solo la poderosa monarquía de Luis XIV podía garantizar la integridad territorial del vasto imperio. La opinión de Madrid era mayoritariamente favorable a una sucesión francesa, que garantizaba la integridad de la monarquía, no así la austriaca.

La decisión de Carlos II de incluir en su testamento a Felipe, duque de Anjou, el 2 de octubre de 1700, lejos de cerrar el conflicto, abrió una nueva etapa de tensiones internacionales que desembocaría directamente en la Guerra de Sucesión Española (1701–1714), uno de los grandes conflictos europeos del cambio de siglo.

A partir de ese momento, dos grandes candidatos se enfrentaron:

Felipe de Anjou, nieto de Luis XIV, apoyado por la monarquía borbónica y proclamado rey como Felipe V el 24 de noviembre de 1700.

El archiduque Carlos de Austria, respaldado por el Sacro Imperio, Inglaterra y las Provincias Unidas.

LA GUERRA LLEGA A LA PENÍNSULA (1704–1706)

Felipe V llegó a la Península en febrero de 1704 y la guerra en España comenzó en agosto,

Guerra de Sucesión española
cuando tuvo lugar un hecho simbólico pero importante: la toma de Gibraltar que pasó a manos británicas.

Sin embargo, el conflicto serio en territorio peninsular se intensificó a partir de 1705, cuando una flota angloholandesa desembarcó en la costa valenciana (Altea) y avanzaron hacia Cataluña, tomando Barcelona.

En pocos meses, gran parte de Valencia y Cataluña quedó bajo control austracista. En junio de 1706, incluso Madrid fue ocupada temporalmente por las tropas del archiduque Carlos, después de haberlo sido Zaragoza.

Durante este periodo, la monarquía de Felipe V parecía seriamente amenazada.

OFENSIVAS Y CONTRAOFENSIVAS

La ventaja aliada en la Península duró poco. A finales de 1706, las tropas del archiduque Carlos se replegaron hacia la costa mediterránea, presionadas por las fuerzas borbónicas dirigidas por el duque de Berwick. El punto de inflexión llegó el 25 de abril de 1707, cuando el ejército hispano-francés de Berwick derrotó al cuerpo principal aliado mandado por el conde de Galway en las inmediaciones de Almansa (Albacete). La victoria fue tan decisiva que, años después, Isabel de Farnesio recordaría a su hijo —el infante Carlos— la importancia simbólica del lugar: entender Almansa era comprender una de las claves que aseguraron el trono a Felipe V.

Tras Almansa, entre 1707 y 1708, Felipe V consolidó su control sobre la mayor parte de la Corona de Aragón, mientras los aliados solo obtuvieron un éxito destacado: la conquista británica de Menorca (1708), dirigida por el almirante John Leake. 

En 1709, la guerra se recrudeció en el norte de Europa y Luis XIV, necesitado de tropas, retiró parte de sus fuerzas de la Península para intentar negociar la paz con Inglaterra y las Provincias Unidas. Durante un tiempo, el bando borbónico tuvo que sostener el frente peninsular casi en solitario. Aun así, en 1710 los austracistas lograron reanimar la campaña con victorias en Almenar y Zaragoza y una nueva entrada en Madrid. La respuesta francesa no tardó: Luis XIV volvió a intervenir y, bajo el mando del duque de Vendôme, los aliados fueron empujados otra vez hacia el Mediterráneo. Las batallas de Brihuega y Villaviciosa (diciembre de 1710) sellaron el cambio de rumbo y, a comienzos de 1711, el conflicto en la Península estaba prácticamente decidido: las tropas imperiales quedaban reducidas, en esencia, a Barcelona.

A partir de ahí, la paz se volvió inevitable por dos razones. En Inglaterra, el ascenso de un gobierno tory impulsó el fin de una guerra larga y costosa; y, en abril de 1711, el archiduque Carlos heredó el título imperial, lo que alteró por completo el equilibrio diplomático: las potencias aliadas empezaron a temer que, si además se coronaba en Madrid, se reconstruyera una “gran monarquía” en Europa. Cataluña quedó cada vez más aislada y, en las negociaciones que se desarrollaron en Holanda y Alemania, pesaron más los intereses de las grandes potencias que los del gobierno español y, menos aún, los de los territorios que habían sostenido la causa austracista.

LA BATALLA DE ALMANSA (1707): EL PUNTO DE INFLEXIÓN

Aunque los aliados habían ocupado Zaragoza y llegaron a entrar en Madrid en la campaña de 1706, el invierno de 1706 a 1707 marcó un cambio de tendencia: las fuerzas borbónicas empezaron a recuperar terreno. Para organizar la contraofensiva, Luis XIV confió la dirección de las operaciones en la Península a su sobrino, Felipe, duque de Orleans, mientras que el mando en el campo recaía en el duque de Berwick, al frente de las tropas franco-españolas desde el verano anterior. Berwick había evitado hasta entonces una batalla decisiva, a la espera de refuerzos que dieran solidez a su ejército.


En el bando contrario, los generales aliados —el conde de Galway y el marqués de las Minas— intentaron adelantarse a esa concentración de fuerzas y buscaron el choque directo. El encuentro se produjo el 25 de abril de 1707 en las llanuras cercanas a Almansa. Allí, Berwick, junto con el duque de Populi y el marqués de d’Asfeld, dirigía un ejército de más de 25.000 hombres (franceses en su mayoría, además de contingentes españoles y un regimiento irlandés). Frente a ellos, Galway y Minas reunían unos 15.000 soldados, principalmente portugueses, ingleses, holandeses y alemanes, en una coalición donde, de forma significativa, apenas había tropas españolas.

La batalla comenzó por la tarde y se resolvió con rapidez: en unas dos horas, el ejército aliado quedó deshecho. Hubo alrededor de 4.000 muertos y unos 3.000 prisioneros en sus filas, pérdidas que pudieron ser aún mayores de no mediar la retirada temprana de parte de los contingentes portugueses. Los borbónicos también pagaron un precio alto —se calcula en torno a 5.000 bajas—, pero la victoria resultó completa. El duque de Orleans llegó al día siguiente, demasiado tarde para participar en el combate, aunque a tiempo para cosechar el efecto político del triunfo.

Guerra de Sucesión Española
Su trascendencia fue inmediata. Almansa abrió a Felipe V el camino para consolidar el control borbónico sobre Valencia y buena parte de la Corona de Aragón, desarticuló el núcleo del ejército aliado y dejó al archiduque Carlos cada vez más dependiente de sus apoyos en Cataluña. No es extraño que, con el tiempo, la batalla se convirtiera en un símbolo: el propio Federico II de Prusia la describió como una de las más impresionantes del siglo. Más allá de la épica, Almansa fue el punto de inflexión que inclinó la guerra en la Península a favor de los Borbones.

EL FINAL: UNA PAZ DECIDIDA MUY LEJOS

El Tratado de Utrecht, firmado en 1713, fue el acuerdo que puso fin a la Guerra de Sucesión. Sus efectos se dejaron notar tanto en el tablero político europeo como en el propio Imperio español.

La consecuencia más inmediata fue el reconocimiento de Felipe V como rey. Pero ese reconocimiento llevaba una condición clave: las dos coronas no podrían unirse bajo un mismo monarca, para evitar que se formara un bloque borbónico demasiado poderoso en Europa.

El precio fue alto: se perdió buena parte de sus territorios en Europa. Los Países Bajos hispanos pasaron a Austria, y también quedaron bajo control austríaco Nápoles, Milán y Cerdeña (aunque esta última se intercambiaría poco después). Sicilia se cedió inicialmente a Saboya. Por su parte, Gran Bretaña reforzó su papel como potencia naval al quedarse con Gibraltar y Menorca, además de obtener importantes ventajas comerciales vinculadas al comercio americano. Pero, por lo menos, se  mantuvo su imperio americano y salvo Gibraltar el territorio peninsular intacto.

En el interior, Utrecht confirmó el fin del modelo de “monarquía compuesta”, en el que cada territorio conservaba sus propias leyes e instituciones. Tras la victoria, Felipe V impulsó una mayor centralización con los Decretos de Nueva Planta, que suprimieron las instituciones propias de la Corona de Aragón.

En conjunto, Utrecht inauguró un nuevo equilibrio en Europa: la influencia española siguió

Guerra de Sucesión española
debilitándose, mientras Francia mantenía un peso decisivo y, sobre todo, Gran Bretaña se consolidaba como la gran potencia marítima y comercial del momento.

CONCLUSIÓN: EL NUEVO ORDEN GEOPOLÍTICO 

La Guerra de Sucesión no fue solo una guerra dinástica. Se impuso el equilibrio europeo entre los ejes de París y Viena, frente al principio hegemónico de Austrias o Borbones. Londres se constituyó como el contrapeso adecuado para el mantenimiento de ese equilibrio. De esta forma podía dedicarse a la expansión marítima y comercial.

España, que daba sus primeros pasos hacia la configuración como Estado,  fue tanto el premio como el escenario, pero en muchos momentos no fue el verdadero centro de decisión.

La batalla de Almansa, más allá de su dimensión militar, simboliza ese giro decisivo que permitió a los Borbones consolidar su dinastía y transformar el modelo político del país.


Bibliografía

La Historia en su lugar, volumen 7 La guerra de Sucesión Henry Kamen, profesor del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Historia Moderna Universal. Alfredo Floristan (coord.) Capítulo Las monarquías occidentales en la época de Luis XIV (1661-1715) Editorial Ariel.

La Guerra de Sucesión Española: 1701-1715, Miguel Ángel Ruiz Ortiz. Revista de Claseshistoria. Publicación digital de Historia y Ciencias Sociales, artículo nº1 178. 2010

Historia Moderna de España (1665-1808), Josefina Castilla Soto y Laura Santaolaya Heredero. Editorial Universitaria Ramón Areces. UNED

Webgrafía

https://historiaragon.com/2017/04/24/la-batalla-de-almansa/

https://www.zendalibros.com/batalla-de-almansa/



 

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