LA BATALLA DE LOS ARAPILES GUERRA DE INDEPENDENCIA

Batalla de los Arapiles

La Batalla de los Arapiles, también conocida como la batalla de Salamanca, marcó un antes y un después en la Guerra de Independencia española. En los campos cercanos a Salamanca, el 22 de julio de 1812, se enfrentaron los ejércitos aliados y las tropas napoleónicas en un combate decisivo que cambiaría el rumbo del conflicto.

SITUACIÓN PREVIA

En 1812 la Guerra de la Independencia española entró en una fase decisiva. Napoleón, centrado en la preparación de su gran campaña contra Rusia, se vio obligado a retirar parte de sus tropas de la Península Ibérica. Como consecuencia, el ejército francés en España quedó reducido a unos 230.000 hombres, repartidos en cuatro grandes ejércitos. Este debilitamiento ofreció a los aliados una oportunidad clave para pasar a la ofensiva.

El general británico Arthur Wellesley, duque de Wellington, supo aprovechar la situación. Al frente de un ejército anglo-portugués con siete divisiones y una más, española, comandada por el general Carlos José Enrique de España, que sumaban en total 50.000 hombres, ante unos 47.000 franceses, inició una ambiciosa campaña militar que comenzó en enero de 1812 con el asedio de Ciudad Rodrigo. Tras un intenso bombardeo, la plaza cayó rápidamente, lo que animó a Wellington a fijar su siguiente objetivo: la estratégica ciudad de Badajoz.

La conquista de Badajoz, lograda el 7 de abril tras duros combates y numerosas bajas, supuso un importante golpe para los franceses y reforzó la moral aliada. A partir de ese momento, Wellington se preparó para enfrentarse al ejército francés de Portugal, mandado por el mariscal August Fréderic Marmont, duque de Ragusa, con la vista puesta en un objetivo clave: abrir el camino hacia Madrid.

Mientras tanto, los aliados pusieron en marcha diversas operaciones de distracción para impedir que otros ejércitos franceses acudieran en ayuda de Marmont. Acciones navales en las costas de Alicante y Vizcaya, así como ataques del ejército de Galicia, mantuvieron ocupadas a las fuerzas francesas en otros frentes. Además, una victoria aliada en el puente de Almaraz, a cargo de Rowland Hill, cortó las comunicaciones del ejército francés del sur que se hallaba bajo el mando del general Soult.

El 13 de junio de 1812, Wellington avanzó hacia Salamanca, donde ambos ejércitos se prepararon para un enfrentamiento decisivo. Con fuerzas similares en número, pero con clara superioridad aliada en caballería, el escenario estaba preparado para una de las batallas más importantes de la guerra.

LA BATALLA 

Las tropas aliadas entraron en Salamanca el 17 de junio de 1812. Wellington decidió sitiar la ciudad con una sola división, mientras el grueso de su ejército se desplegaba al norte de la ciudad, en las colinas próximas a San Cristóbal de la Cuesta. Su objetivo era provocar al mariscal francés Marmont y obligarle a presentar batalla para liberar la plaza. Aunque Marmont se acercó a la zona el día 20, el enfrentamiento no llegó a producirse. Finalmente, la guarnición francesa de Salamanca capituló el día 27, dejando el camino libre a Wellington para concentrarse por completo en el ejército francés de Portugal.

Tras la caída de la ciudad, Marmont inició una retirada estratégica hasta Tordesillas cubriendo la ribera del Duero, mientras Wellington permanecía a la expectativa en la orilla opuesta. Esta aparente calma duró cerca de dos semanas, tiempo suficiente para que los franceses recibieran refuerzos inesperados: la llegada de la división Bonnet equilibró de nuevo las fuerzas de ambos ejércitos. A mediados de julio, Marmont intentó engañar a Wellington simulando un ataque desde Toro, pero en realidad maniobró hacia Salamanca, obligando a los aliados a seguirle en un movimiento paralelo que llevó a ambos ejércitos hasta las orillas del río Tormes.

El 21 de julio, Wellington cruzó el Tormes y dispuso sus tropas para la batalla. Los franceses ocuparon el cerro mayor de los Arapiles, una posición dominante que amenazaba la línea de retirada aliada hacia Ciudad Rodrigo. Wellington, por su parte, se situó en el cerro menor, ocultando la mayor parte de sus divisiones tras la colina. Solo una de ellas, al mando de Edward Pakenham, avanzó visiblemente, dando la impresión de que el flanco derecho aliado estaba desprotegido.

Marmont cayó en la trampa. Ordenó a su ala izquierda, al mando de Thomiéres, avanzar para atacar ese supuesto punto débil, pero lo hizo sin coordinar el movimiento con el resto del ejército, creando una peligrosa separación entre sus unidades. Desde su posición elevada, Wellington detectó de inmediato el error y lanzó un ataque fulminante contra el punto más vulnerable de la línea francesa, ordenando a Pakenham que se volviese contra las tropas que avanzaban, y el grueso del ejército aliado irrumpía por el hueco abierto en la formación enemiga.

En pleno combate, Marmont resultó herido y el mando francés pasó al general Bertrand Clausel. Aunque logró reorganizar parcialmente sus tropas y lanzó un contraataque, este fue rechazado gracias a las reservas aliadas. Finalmente, el ejército francés se vio obligado a retirarse. Solo una eficaz acción de retaguardia evitó que la derrota se convirtiera en un desastre total, permitiendo a los franceses cruzar de nuevo el Tormes.

Aun así, las pérdidas fueron muy desiguales: unos 14.000 hombres para los franceses frente a unos 5.000 aliados. La batalla de los Arapiles consagró el genio militar de Wellington quien dirigió personalmente todas las acciones de su ejército y mantuvo el control de cada una de sus divisiones en las operaciones de la campaña. Pero lo mas relevante fue que se dio cuenta y supo aprovechar el error de Marmont al ordenar este una excesiva separación de su ejército y atacar por sorpresa el espacio dejado entre las fuerzas francesas.

Las consecuencias de esta victoria aliada fueron decisivas. Abrió el camino hacia Madrid y puso en jaque la ocupación francesa de la Península. El 12 de agosto de 1812, Wellington entró en la capital sin apenas resistencia, entre el entusiasmo de sus habitantes. Por primera vez desde 1808, Madrid quedaba libre de tropas napoleónicas.

La victoria en los Arapiles no solo supuso un golpe estratégico para el ejército francés, sino que también fortaleció el espíritu de resistencia del pueblo español. Hoy, más de dos siglos después, este episodio sigue siendo símbolo de coraje y determinación, recordándonos que la lucha por la libertad y la dignidad es un legado que merece ser contado y celebrado.


Fuentes:

La Historia en su Lugar Fin Guerra Independencia vol. 6 Rafael Sánchez Mantero

Historia Contemporánea de España 1808-1823 (coord. Blanca Buldain Jaca). Cap. 1 La crisis del Antiguo Régimen 1808-1810, 1.8 La guerra de Independencia, Ana Clara Guerrero Latorre. Editorial Akal

España con Honra, una historia del siglo XIX español 1793-1923, Daniel Aquillué. Editorial La Esfera de los Libros.

LA BATALLA DE LOS ARAPILES: 10 (Los Episodios Nacionales de Benito Pérez Galdós)


 

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