EL CASO DREYFUS



Cuando el 25 de noviembre pasado subía mi entrada al blog sobre el siglo XIX francés, escribía que finalizaba con “el caso Dreyfus, el escándalo que más perjudicó a la imagen de la IIIª República pudiendo haber sido el detonante definitivo que, no solo la hiciera tambalear, como así fue, sino derribarla, ya que mostró la corrupción existente en la administración y el Ejército. Quienes lo destaparon fueron los intelectuales, en concreto E. Zola que escribió una carta abierta al presidente F. Faure en enero de 1898, el famoso “J`accuse”. Pero esto bien pude ser objeto de otra entrada en el blog”.

Pues esta es la nueva entrada, ahora que se cumplen 121 años de la publicación en el diario francés L'Aurore, el 13 de enero de 1898, su célebre “J'acusse”, esa carta ya mencionada al presidente francés donde denunciaba la injusta condena al capitán A. Dreyfus.

Y es que, el caso Dreyfus fue una grave crisis política, social y económica que vivió la IIIª República francesa a finales del siglo XIX. Si para nosotros el paso de siglo estuvo marcado por la perdida de las últimas grandes colonias, en nuestro país vecino fue este caso el que marcó el tránsito, con una sociedad dividida, un ejercito a la defensiva después de la derrota en Sedán en 1870 frente a los alemanes, con una ola de nacionalismo exacerbado que recorría el país y un antisemitismo desconocido hasta el momento. Una herida que no se curó ni con la rehabilitación de Dreyfus en 1906 cuando fue declarado inocente y que duró hasta la IIª Guerra Mundial.


Alfred Dreyfus era un oficial francés, alsaciano, de origen judío. Formaba parte del Estado Mayor General con el grado de capitán, adscrito al ministerio de la Guerra. De repente se vio envuelto en el escándalo y la controversia, con la desgraciada ayuda de la prensa que le pone en el ojo del huracán, que le convierte en centro de la diana de todo tipo de prejuicios raciales y sociales. El caso supuso un colapso en la sociedad francesa, las disputas y contraposición de pareceres, no siempre argumentados, invadían las calles francesas. “Dreyfusards” contra “antidreyfusards”.

Pero realmente, ¿Qué sucedió?

En septiembre de 1894 desde el Estado Mayor francés se descubrió que se habían vendido documentos a la embajada alemana, concretamente al agregado militar en Paris, Maximilien von Schwartzkoppen, en los que se menciona en nota escrita a mano, “le bordereau”, el anuncio del envío de informaciones concretas sobre las características del nuevo material de artillería francés.  Y el primer sospechoso fue Dreyfus. Toda la acusación se basó en la similitud de la letra de Dreyfus con la de este manuscrito.

La presión popular y de la prensa era extrema y en un proceso que duró cuatro días a puerta cerrada, falsificando pruebas documentales, como posteriormente se demostró, se condenó, el 22 de diciembre de 1894, al capitán alsaciano a la degradación y deportación perpetua a la Isla del Diablo en la Guayana francesa, por culpabilidad de alta traición. El comandante Hubert Joseph Henry fue el hombre del contraespionaje militar que amañó las pruebas y filtró informaciones a la prensa.

Antes de su marcha al exilio y unos días después de oír la sentencia se procede a la ceremonia de degradación en la que le son arrancados sus galones y su sable es partido en dos ante la encolerizada masa que pide su condena a muerte. El 21 de febrero de 1895 partió hacia la Isla del Diablo.

Un año después se descubrieron las falsificaciones, pero no se quiso revisar el juicio. Fue el comandante George Picquart, elegido responsable de los servicios secretos el 1 de junio de 1895 quien comenzó a esclarecer el asunto. Desde su nuevo cargo, Picquart encuentra un telegrama de Schwarzkoppen, dirigido a Charles-Ferdinand Walsin Esterhazy de donde se presume y deduce que éste es quien está facilitando la información. Y es cuando Picquart descubre que la caligrafía de Esterhazy es idéntica a la del memorándum que había sido la prueba contundente para inculpar a Dreyfus.

Las investigaciones del responsable de los servicios secretos franceses se elevaron a la cúpula del Estado Mayor quienes no reconocieron dichas pruebas porque supondría reconocer el error en la sentencia y en connivencia con los poderes políticos pusieron en marcha toda una maquinaria para desprestigiar y perseguir, con la ayuda de una parte de la prensa, a cualquiera que se posicionara a favor de Dreyfus. De esta forma, parte de la opinión pública muy radicalizada, acusaría a cualquier que defendiera al capitán alsaciano, es decir a los denominados “dreyfusards”, acusándolos de antipatriotas y estar al servicio de los intereses del judaísmo.


La primera medida para acallar a Picquart fue enviarlo de misión especial al desierto de Túnez. Y no solo éste sufrió las represalias del poder y del pueblo, otros que se posicionaron a favor de la revisión del caso como el vicepresidente del Senado Auguste Scheurer-Kestner, perdería su escaño en los siguientes comicios. Pero la sospecha de fraude en el juicio de Dreyfus iba calando en parte de la sociedad francesa y se iba alzando la voz reclamando la revisión del juicio.

El testigo fue recogido por los intelectuales y con Emile Zola a la cabeza destaparon finalmente el fraude. Zola escribió una carta abierta al presidente de la República, Félix Fraure, el 13 de enero de 1898 en el diario L'Aurore, J’accuse. Por ello sufrió las consecuencias de la situación y fue procesado por difamación y condenado, logrando huir a Gran Bretaña. Incluso sufrió la ira del pueblo el que se echó a la calle manifestándose en frente de su casa de forma beligerante y amenazante. A la par, la maquinaria del poder seguía manteniendo la farsa y promovió un consejo de guerra contra Esterhazy donde salió absuelto.

Pero el artículo de Zola no había caído en el olvido y había vuelto a poner el caso Dreyfus en la primera plana nacional. Ahora la prensa internacional se hacía eco del affaire y en general daban crédito a la defensa de Dreyfus. La ola de revisionismo del caso crecía sin parar. No sólo en el interior del país sino allende sus fronteras. “La verdad está en marcha y nada la detendrá” escribía Zola.

Zola estuvo apoyado en su objetivo para conseguir la revisión del proceso y la rehabilitación de Dreyfus entre otros por Clemenceau que en aquella época era redactor del periódico L’Aurore, y posterior primer ministro de Francia. Fue Emile Louvbet, el nuevo presidente de la República al fallecer Félix Faure, a quien se debe desde las instancias políticas promover que se repitiera el juicio.

Pero Zola muere el 29 de septiembre de 1902 y no llega a ver esa rehabilitación. Oficialmente de muerte natural pero la sospecha de asesinato pervive hasta nuestros días.


“He juzgado necesario recoger en este volumen los artículos que fui publicando sobre el caso Dreyfus durante un periodo de tres años, de diciembre de 1897 a diciembre de 1900, a medida que se desarrollaban los acontecimientos. Un escritor que ha emitido juicios y ha tomado responsabilidades en un caso de tanta gravedad y tanto alcance tiene el deber de poner a la vista del público el conjunto de su actuación, los documentos auténticos, los únicos que podrán servir para juzgarle. Y si ese escritor no fuese tratado hoy con justicia, podrá entonces esperar en paz, pues el porvenir dispondrá de toda la información que deberá bastar algún día para sacar a la luz la verdad”. Emile Zola, Paris, 1 de febrero de 1901.

“Señor presidente, ¿me permitirá usted, en agradecimiento por la benévola acogida que me dispensó un día, que me preocupe por su merecida gloria y que le diga que su estrella, tan afortunada hasta ahora, se ve amenazada por la más vergonzosa a imborrable de las manchas? (…)” Así comienza el artículo de Zola, “J’acusse” publicado en L'Aurore el 13 de enero de 1898.

“(…) Acuso a los servicios del Ministerio de la Guerra de haber promovido en la prensa, particularmente en L'Éclair y en L'Écho de Paris, una abominable campaña a fin de desorientar a la opinión pública y encubrir sus propios errores.

Acuso, por último, al primer consejo de guerra de haber violado el derecho al condenar a un acusado basándose en una prueba que permaneció secreta, y acuso al segundo consejo de guerra de haber ocultado esa ilegalidad, por decreto, cometiendo a su vez el delito jurídico de absolver conscientemente a un culpable (…)”

Y así finaliza:
“Solo anhelo una cosa, y es que se haga la luz en nombre de la humanidad que tanto ha sufrido y que tiene derecho a la felicidad. Mi ardiente protesta no es sino un grito que me surge del alma. ¡Que se atrevan, pues, a llevarme ante los tribunales y que la investigación tenga lugar a plena luz del día! Entretanto, espero. Acepte, señor presidente, mi más profundo respeto”.

Fuentes:
Historia contemporánea universal. Del surgimiento del Estado contemporáneo a la Primera Guerra Mundial. Alianza Editorial. Ángeles Lario (coordinadora).
El "affaire" Dreyfus: un caso de xenofobia y antisemitismo en los albores del siglo XX. Implicaciones políticas y literarias en la prensa francesa. Mª de Gracia Caballos Bejano (Universidad de Sevilla).

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