Gadir: historia, comercio y religión en la colonización fenicia de Cádiz (siglos VIII-VI a. e. c.)
En el lugar que hoy ocupa Cádiz, los fenicios fundaron Gadir, una colonia que conectó las rutas del Atlántico con el Mediterráneo. Su historia permite descubrir cómo el comercio de metales, los vínculos con las comunidades indígenas y el culto a Melqart contribuyeron a la expansión de Tiro en Occidente. Entre las leyendas de su origen y los testimonios arqueológicos, este recorrido explora la fundación de la ciudad, la larga búsqueda de sus restos, sus redes comerciales y el papel de su célebre santuario.
LA FUNDACIÓN DE GADIR
Las leyendas recogidas por algunos historiadores de época romana atribuyen una gran antigüedad a la fundación fenicia de Gadir. Veleyo Patérculo (Historia Romana I, 2, 1-3), por ejemplo, la sitúa ochenta años después de la guerra de Troya, en torno a 1104 a.e.c. Esta fecha pertenece a la tradición literaria y debe distinguirse de la cronología basada en los hallazgos arqueológicos. La antigua Cádiz gozó de un notable prestigio, asociado al comercio de la plata tartésica y a la fama de su templo de Melqart, identificado por los griegos con Herakles y conocido también como Herakleion. Ese prestigio se convirtió, con el tiempo, en lo que la arqueóloga Ana Niveau de Villedary, recurriendo a una expresión de Eric Hobsbawm, llama una «tradición inventada»: la imagen de una ciudad más antigua y esplendorosa de lo que permiten afirmar los restos. Su huella sigue viva en el escudo de Cádiz, que muestra a Hércules entre las dos columnas que simbolizan las puertas de Occidente.
La elección del emplazamiento y el establecimiento de los fenicios en la isla gaditana, hacia 770 a.e.c. según la cronología arqueológica aquí recogida, responden al interés de Tiro por acceder a los principales circuitos de intercambio de metales, articulados en torno al área de Huelva y Tartessos. La posición insular, frente a tierra firme, facilitaba el contacto con las materias primas y las rutas terrestres del interior. Estos vínculos fueron esenciales para la red comercial que Gadir desarrolló durante los siglos VIII-VI a.e.c., desde el estuario del Tajo, en Portugal, hasta el valle del Guadalquivir y los enclaves de Lixus y Mogador, en la costa atlántica de Marruecos. Su fundación puede entenderse, por tanto, como parte de una estrategia comercial organizada, con una clara orientación atlántica y un especial interés por los metales. Cabe señalar que las excavaciones más recientes en el solar del antiguo Teatro Cómico, en Cádiz, sitúan los primeros restos urbanos hacia finales del siglo IX o comienzos del VIII a.e.c., de modo que la fecha de fundación oscila, según los yacimientos y las propuestas, sobre ese periodo
La Gadir fenicia se fundó en una pequeña isla, en el espacio que hoy ocupa la ciudad de Cádiz, convertida en una península unida a tierra firme por un istmo. El entorno estaba formado por un archipiélago, circunstancia que explica el nombre plural empleado por los griegos: Gadeiras. Entre sus islas destacaban Erytheia, donde se estableció la colonia; Kotinoussa, o «isla larga», que acogía zonas de enterramiento y el célebre Herakleion; y Antípolis, identificada con la actual San Fernando. Según una propuesta formulada en 1976 por Francisco Ponce, un antiguo canal, el llamado canal Bahía-Caleta, dividía en dos el actual casco histórico de Cádiz y separaba Erytheia de Kotinoussa, aunque su trazado y el momento en que dejó de ser navegable siguen siendo objeto de debate. Con el tiempo, la acumulación de sedimentos del río Guadalete fue modificando la bahía y favoreciendo la unión del antiguo archipiélago con la costa.
El conocimiento arqueológico de la primera Gadir ha estado condicionado por la dificultad de excavar bajo la ciudad actual. Entre los testimonios mencionados en este texto figuran algunas sepulturas localizadas en la isla larga. La profundidad de los restos y la complejidad de las intervenciones urbanas dificultan la investigación. Durante siglos, de hecho, la ciudad más antigua de Occidente tuvo un problema: no aparecía. Cádiz ha estado habitada de forma continuada desde la Antigüedad y sus casas, de cimientos escasos y apoyadas unas en otras, no facilitan las excavaciones. Los hallazgos eran casuales y casi siempre funerarios, como el sarcófago antropoide masculino descubierto en 1887 o el femenino, en 1980. Ante la falta de restos se atribuyeron a los fenicios piezas romanas, se buscó la ciudad en distintos puntos de la isla y hasta se llegó a imaginar sumergida bajo el mar. Aun así, la combinación de los hallazgos arqueológicos y las descripciones de los autores clásicos permite esbozar el papel que desempeñó la colonia.
Cuando, a comienzos del siglo XXI, empezaron a aparecer los primeros restos fenicios arcaicos, la expectación era tan grande que no siempre se esperó a confirmarlos. En 2002, durante los trabajos en el solar del antiguo Teatro Cómico, se anunció en rueda de prensa el hallazgo de parte de la muralla fenicia de la ciudad, y los propios arqueólogos responsables de la excavación tuvieron que desmentirlo al día siguiente: se trataba de una cisterna romana. El Diario de Cádiz resumió el episodio con el titular «Historia de un hallazgo de envergadura que nunca existió». Niveau de Villedary lo cita como ejemplo de cómo la precipitación, movida por el deseo, puede ser mala consejera cuando se hace historia.
Las excavaciones de las últimas décadas (Teatro Cómico, Casa del Obispo, calle Ancha, calle Cánovas del Castillo o Colegio Mayor Universitario) han cambiado el panorama al sacar a la luz calles, viviendas de muros de barro y cerámicas fenicias que, en los casos más antiguos, se remontan a finales del siglo IX o comienzos del VIII a.e.c. La ciudad existió, pero era más modesta de lo que la tradición había imaginado: un núcleo pequeño, en torno a una hectárea según algunas propuestas, rodeado de espacios dedicados al puerto, la pesca y los rituales. Ese núcleo, el del Teatro Cómico, se abandonó en el último tercio del siglo VI a.e.c., y no sabemos con certeza dónde se situó la ciudad a partir de entonces.
COMERCIO Y METALURGIA
La posición de Gadir ayuda a explicar su relevancia entre las colonias fenicias de Occidente. Desde la bahía gaditana convergían tres grandes ejes comerciales preexistentes. El primero era el circuito atlántico de intercambio de metales, especialmente de bronces, con un importante núcleo de producción y comercio en el área de Huelva-Cádiz. El segundo conectaba con el Mediterráneo y encontraba en la bahía una escala estratégica. El tercero era el eje tartésico, vinculado a la explotación del cobre y la plata de Riotinto y Sierra Morena, con salida al mar por los ríos Tinto, Odiel, Guadalete y Guadalquivir.
El establecimiento de los fenicios en tierra firme fue un paso decisivo para consolidar esta red. El Castillo de Doña Blanca, junto a la desembocadura del Guadalete y cerca de El Puerto de Santa María, constituye un enclave clave para comprender la relación entre Gadir y su entorno continental. Situado a unos 12 km de Cádiz, este centro portuario indígena o tartésico contaba con un amplio barrio comercial fenicio, construido en la primera mitad del siglo VIII a.e.c. La presencia estable de población fenicia sugiere la existencia de acuerdos con los dirigentes locales. Doña Blanca habría funcionado como un espacio de intercambio entre colonos y comunidades indígenas y como punto de enlace con las rutas del interior. Su registro arqueológico pone de relieve la importancia de estos centros intermediarios en el comercio de la plata. La interpretación del yacimiento, además, ha cambiado con el tiempo. Su excavador, Diego Ruiz Mata, pasó de considerarlo un poblado indígena rápidamente aculturado a un enclave mixto, con un barrio fenicio, y finalmente a una ciudad fundada con características netamente orientales desde sus orígenes. En 1999 llegó a plantear que Gadir no debía entenderse como una única ciudad insular, sino como un conjunto de núcleos repartidos por las islas y la costa de la bahía, un modelo «plural» que hoy aceptan, con matices, muchos investigadores, aunque en su momento provocó réplicas muy airadas en Cádiz.
La explotación de la plata a gran escala en las minas de Aznalcóllar, en la actual provincia de Sevilla, alimentaba esta red comercial. El mineral se trasladaba a centros metalúrgicos indígenas situados en las rutas hacia Cádiz. Uno de ellos fue San Bartolomé de Almonte, en Huelva, donde se procesaba y se transformaba en lingotes mediante técnicas de obtención de plata transmitidas por los fenicios. Los lingotes llegaban al entorno portuario gaditano a través del Castillo de Doña Blanca y se embarcaban rumbo a Oriente. Este comercio, prolongado durante unos dos siglos, habría generado importantes beneficios para Gadir.
Una leyenda recogida por Diodoro de Sicilia ilustra la fama de riqueza asociada a este comercio. Según su relato, los fenicios transportaban plata a Grecia y Asia y obtenían grandes ganancias. La abundancia del metal era tal que llegaban a sustituir las anclas de plomo de sus naves por otras de plata «después que no cabía más plata en los buques y todavía sobraba gran cantidad de dicho metal precioso. Este tráfico comercial originó por mucho tiempo un gran aumento del poder de los fenicios, los cuales pudieron fundar nuevas colonias en Sicilia, Libia, Cerdeña e Iberia». Más que una descripción literal, el episodio expresa la importancia que la tradición antigua atribuía a la plata en la expansión fenicia.
La distribución de los enclaves fenicios de Lixus, Mogador y Abul en la costa atlántica muestra el interés por acceder a los principales espacios de intercambio más allá del estrecho de Gibraltar. Su establecimiento, atribuido probablemente a iniciativas impulsadas desde Gadir durante el siglo VII a.e.c., habría contribuido a ampliar la red comercial gaditana. Este siglo se presenta como una etapa de especial dinamismo para la ciudad.
A partir de alrededor de 650 a.e.c., estos tres enclaves habrían permitido a Gadir integrar en su esfera de influencia diversas rutas marítimas y terrestres. Lixus y Mogador facilitaban el acceso a oro, marfil y pescado; Abul, a estaño, cobre y sal. Desde este último enclave, los navegantes gaditanos pudieron ampliar sus contactos hacia Galicia, Bretaña y, posiblemente, Cornualles. Los depósitos de estaño de estas regiones ya habían atraído a navegantes onubenses y lusitanos antes de la llegada de los fenicios al Atlántico. La expansión de Gadir se apoyó, por tanto, en redes de intercambio con una larga tradición entre las comunidades indígenas.
En conjunto, la fundación de Gadir puede interpretarse como una inversión estratégica de Tiro. Su ubicación permitió aprovechar redes comerciales ya existentes y reforzar el acceso a las materias primas de Occidente.
EL TEMPLO DE MELQART
Según la tradición escrita, los fenicios construyeron en Cádiz un templo dedicado a Melqart, la principal divinidad de Tiro, estrechamente vinculada al Estado y a la monarquía. El santuario gaditano representaba ese vínculo con la metrópoli y habría desempeñado funciones relacionadas con el comercio y la administración de la colonia. Su emplazamiento tradicional se sitúa en el extremo meridional de Kotinoussa, la isla larga, en el entorno del actual castillo de Sancti Petri. Esa ubicación lo situaba a unos 18 km de la ciudad, casi medio día de navegación a vela. Los vestigios atribuidos al edificio original son escasos. Para el arqueólogo Alfredo Mederos, la elección del lugar respondió a razones náuticas: el islote ofrecía agua dulce y una entrada alternativa a la bahía cuando el viento o la corriente impedían usar la habitual. Sin embargo, la escasa profundidad de las aguas y los arrecifes que lo rodeaban impedían fondear a los barcos cargados, que debían acercarse con la nave aligerada. Esa dificultad explicaría, según su hipótesis, que pronto hiciera falta un fondeadero mejor, es decir, la ciudad de Gadir. Es una propuesta basada sobre todo en las fuentes literarias, como la descripción de Avieno, y no en excavaciones.
Los relatos antiguos describen un templo sin imágenes de culto y afirman que en su interior se conservaban las reliquias de Herakles, identificado con Melqart. Estas noticias forman parte de la tradición sobre el santuario y no deben generalizarse al conjunto de las religiones semíticas. Con el tiempo, su prestigio alcanzó Roma. Emperadores de origen hispano, como Trajano y Adriano, promovieron el culto al Hércules gaditano y acuñaron monedas con la efigie del dios.
La relevancia del templo no se limitaba al culto. Su construcción en el extremo occidental del mundo conocido expresaba la presencia de Tiro y habría contribuido a respaldar los intercambios con las comunidades indígenas. La existencia de santuarios en enclaves estratégicos como Lixus, Útica o Malta muestra la estrecha relación entre la actividad religiosa y las redes comerciales fenicias.
El templo de Melqart puede entenderse, así, como un referente religioso y político para los colonos y comerciantes. La protección del dios ofrecía un marco simbólico para las relaciones con las comunidades indígenas. En su condición de representante de la monarquía tiria, el santuario habría respaldado los acuerdos y las alianzas entre Gadir y los dirigentes del interior.
LA OTRA DIOSA DE GADIR
Las fuentes antiguas mencionan también un santuario de Astarté, la gran diosa fenicia, identificada por los griegos con Afrodita y por los romanos con Venus. La isla donde se asentó la ciudad recibía nombres asociados a ella, como isla de Afrodita o isla de Juno, y Avieno habla de un templo con una cueva oracular, que se ha situado en la Torre Tavira o junto al castillo de Santa Catalina, en la Punta del Nao, donde han aparecido objetos rituales en el fondo marino. Para Mederos sería el templo más antiguo de la propia ciudad: una Astarté marina, protectora de la navegación y de carácter oracular, que complementaría a Melqart. A esta diosa asocia también el león, símbolo de la flota gaditana. Algunos autores han atribuido además a su culto la prostitución sagrada, un concepto muy discutido entre los especialistas que conviene tomar con cautela.
HERAKLES, PROTECTOR DE LOS COMERCIANTES
En el comercio antiguo, los templos podían ofrecer protección a quienes acudían a los mercados y contribuir a garantizar los intercambios. Entre las funciones que se les atribuyen figuran la supervisión de la calidad de las mercancías y la prevención del fraude, a cambio de tasas y ofrendas. A partir de los testimonios clásicos, se ha interpretado que el templo de Cádiz actuaba como lugar de asilo, tesorería y depósito de riquezas, además de custodiar los pesos y las medidas utilizados en el comercio. Estas funciones ayudan a comprender la influencia de sus sacerdotes. Gadir destaca, en este contexto, por la estrecha relación entre el santuario, la fundación colonial y la monarquía de Tiro.
Melqart era tanto la divinidad principal de Tiro como el protector de la navegación y del comercio. Su culto estaba ligado a los relatos sobre el origen de la ciudad y a la figura del rey divinizado. Algunas leyendas situaban su muerte en Hispania, concretamente en Gadir, donde se decía que se conservaba su tumba y se celebraban cada año ritos de muerte y resurrección. Mederos reconstruye el ritual, el llamado «despertar de Hércules», que Flavio Josefo atribuye en Tiro al rey Hiram I, como una celebración de tres días: la muerte del dios en una pira, su permanencia en una tumba y su resurrección al amanecer del tercero. Lo relaciona con el solsticio de verano y con un matrimonio sagrado entre el rey o el sacerdote y la diosa Astarté. Para ello recurre a una pila de piedra procedente de Sidón y a textos de autores tardíos, de modo que se trata de una reconstrucción hipotética. En época helenística y romana, estas tradiciones quedaron asociadas a Herakles y Hércules.
Las fuentes son, con todo, fragmentarias. El poeta Silio Itálico describe las puertas del templo con diez trabajos de Hércules, pero faltan en ellas algunos de los desarrollados en Occidente, como el robo de los bueyes de Gerión o el de las manzanas de las Hespérides. Para explicarlo, Mederos propone que el templo tenía dos hojas con veinte escenas, que incluirían los trabajos clásicos y también la muerte, la pira, la tumba y la resurrección del dios. Es una hipótesis sugerente, pero Silio Itálico es una fuente tardía y, según el propio Mederos, es probable que nunca viera las puertas y se limitara a interpretar un texto.
La construcción de un templo de Melqart al fundar una colonia como Gadir establecía, según la tradición tiria, un vínculo religioso y político con la metrópoli. La presencia del dios en un territorio lejano simbolizaba la protección de Tiro sobre la empresa colonial y otorgaba a los sacerdotes un papel de representación de la monarquía y del Estado.
En Gadir, la participación de la monarquía tiria se relacionaba con la riqueza que la colonia podía canalizar hacia Oriente. Algunos historiadores han planteado que la abundancia de plata en el área de influencia de Tiro durante los siglos VIII y VII a.e.c. pudo reducir su valor en los mercados. Esta hipótesis vincula la acumulación del metal con posibles tensiones económicas y una posterior caída de la demanda en el Mediterráneo oriental. De haberse producido, ese descenso habría afectado tanto a la economía de Gadir como a la de Tartessos.
CONCLUSIÓN
La historia de Gadir muestra cómo una colonia insular pudo convertirse en un punto de encuentro entre el Atlántico y el Mediterráneo. Su desarrollo se apoyó en el comercio de metales, en las redes de intercambio indígenas y en los vínculos con Tiro, representados también por el templo de Melqart. Más allá de las leyendas sobre su origen, el estudio conjunto de los textos antiguos y los restos arqueológicos permite comprender una ciudad en la que navegación, economía y religión estuvieron estrechamente relacionadas.
La historia de Gadir es también la de cómo se construye el pasado. Un prestigio antiguo, la falta de pruebas y el orgullo local alimentaron durante siglos la imagen de una gran ciudad milenaria, y todavía cuesta renunciar a ella. La arqueología ofrece hoy una Gadir real, más pequeña y doméstica, pero también más tangible. Quizá por eso resulta tan reveladora la muralla que nunca existió: recuerda que, en historia, conviene distinguir entre la ciudad que se desea y la que se documenta.
Fuentes
La Historia en su Lugar, volumen 8. Gadir y la colonización fenicia. Mª Eugenia Aubert Semmler, catedrática de la Universidad Pompey Fabra de Barcelona
Niveau de Villedary y Mariñas, A. M.ª (Departamento de Historia, Geografía y Filosofía. Universidad de Cádiz): «La fundación arcaica de Gadir. La construcción historiográfica de una ciudad ¿real o inventada?», Archivo Español de Arqueología 2019, 92, 7-41. https://doi.org/10.3989/aespa.092.019.001
Mederos Martín, A (Universidad Autónoma de Madrid).: «La fundación de la ciudad de Gadir y su primer santuario urbano de Astarté-Afrodita». 2016 ISIMU, 13, 183-207. https://doi.org/10.15366/isimu2011.13.011
Ruiz Mata, D (Universidad de Cádiz) La fundación de Gádir y el Castillo de Doña Blanca: Contrastación textual y arqueológica. Complutum, 10,1999:279—317
Ruiz Mata D.: Gadir, su estructura plural. Un modo de ver su fundación fenicia en el espacio y en el tiempo. REVISTA ONOBA 2018, Nº 06, 249-288. ISSN: 2340-3047

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